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Ácido

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 24 ago 2025
  • 16 Min. de lectura

Que había llegado tarde al mundo, que no había nada más por hacer, que todo estaba corroído, cansado. Que hacía años nuestra raza iba a la perdición en una muerte lenta y dolorosa. Que nací en la época del cinismo y la indiferencia y estaba condenado a ser, por siempre, cínico e indiferente. Qué destino de mierda. Tuve que dejar el laburo porque me encontré con la grave dificultad de que no me gusta trabajar. Al otro día me di cuenta que me estaba quedando sin plata. En un impulso, decidí ir a Capital a buscar droga. Necesitaba una experiencia cruda y potente. Quería ácido creo, aunque no sabía bien lo que era. Cuando iba por Laprida vi un cartel de tarotista y entré. Tenía tiempo, era temprano, las diez de la mañana supongo; hacía calor, eso seguro. 

Era un cuartito blanco y húmedo con tres viejas horrorosas que me miraban. No había recepción ni nada por el estilo, solo una mesa ratona llena de revistas sobre duendes. No una, sino varias editoriales distintas con temática duendes. Me puse a pensar en la guita. Esas tres viejas no tenían guita, se notaba, por eso venían acá. No hay problema en este país que no sea por la plata. Las viejas me acechaban con sus ojos juiciosos mal maquillados; me miraban las zapatillas, el pelo, el bulto. Me sentí el sacrificio de un ritual satánico sexual. De una puertita al fondo salió una piba preciosa de aspecto descuidado. Pelirroja si mal no recuerdo. Masticaba chicle. “¡Soñá!” exclamó desdeñosamente la chica. “Me leyó la mente” pensé por un instante, hasta que Soña, la mayor de las mujeres, se levantó y entró al cuartito. La piba ni me miró. “Está cansada” recuerdo haber pensado, por su actitud desganada y el volumen de su llamado, acostumbrada a tratar con viejas sordas. 

Durante un rato más estuve ahí, sentado con las otras dos viejas que esperaban quietitas sin mirarse. Pensé en lo patético de mi situación y no me importó. Hacía años que mi ego se venía desinflando lentamente, como un globo viejo. Mi vida era un niebla confusa en la cual andaba a tientas, implorando sentido a un dios desfigurado e indiferente. 

Al rato quedé yo solo. Debía ser ya cerca del mediodía y sentía la transpiración en la espalda y en el culo. Se abrió la puerta y salió Gladys, la rubia, con una flamante sonrisa. La piba no dijo nada, solo me miró e hizo un gesto con la cabeza para que entrara.

Era un cuarto con piso de madera rechinante y lleno de humedad. La ventana abierta dejaba entrar el barullo del pulmón de la manzana. Un hombre intentaba educar a su perro, diciendo con voz firme: “sentado”, “sit”, “no”, “abajo”. El perro ladraba. 

-¿Qué haces acá vos?- escuché la voz de mi prima.

Estaba gorda, se había teñido el pelo de un rubio claro y tenía la oreja llena de aros. Sentí por un momento que estaba soñando. No supe qué responderle. 

-¿Te mandó tu vieja?

Negué con la cabeza y me senté en el sillón mugriento que había de mi lado del escritorio. 

-Elegiste el camino equivocado.- dijo, metida de nuevo en el personaje.

-¿Qué camino? - respondí, aunque ya había entendido.

-Cobro por adelantado.

-¿En serio?

-Si. Está jodida la cosa. 

-¿Cuánto es?

-Diez mil.

-No tengo.

-Tengo gente esperando.- dijo mi prima con hastío, no sé si hacia mí o hacia la gente que creía que esperaba.

-Yo era el último. 

-Bueno. ¿Qué necesitás?

-No sé. Laburo. 

-Vení mañana a las nueve. La pendeja esta me tiene cansada. 

-¿Es tu hija? - pregunté. 

No respondió, me dijo que me vaya. Todo el mundo sin laburo y yo consigo uno cada media hora, qué bronca. 

En el tren no hice más que mirar el piso pegoteado y escuchar la conversación de los de atrás. Un idiota deprimido y un idiota idealista. Bajé en Constitución a eso de la una. Comí algo en la estación, un pancho o un chipá, seguro. Pensaba en el calor. “El calor”, pensaba, “El calor acerca a todos un poquito a la muerte. La ciudad los amucha y los debilita, pero en la ciudad creen que viven, creen que tienen novia, que trabajan y juegan al fútbol. En su muerte camuflada y constante juegan a los buenos y los malos, como si eso existiera. Por eso solo quedan las drogas.”. Algo así probablemente pensaba. Caminé por Constitución, sin rumbo, atento a los rostros resignados, a los cuerpos desparramados por el piso, a la decadencia y marginalidad de un mundo abandonado. De pronto noté un hedor que, en vez de quedar tras mis pasos, me seguía. No iba a permitir que me roben, pero tampoco estaba dispuesto a enfrentar a un chorro. Aceleré el paso, con el asfalto quemándome los pies. “¡Ey!” empezó a gritar el loco, “¡Amigo!”. Me di vuelta, tuve pena y bronca a la vez. No respondí. El hombre solicitó amablemente una moneda y, ante mi negativa, cambió de tono. Sacó un cuchillo y me acorraló mientras la gente pasaba por al lado indiferente. “No tengo nada, hermano” intenté explicar, inútilmente. Una voz firme y varonil vino a mi rescate. “Tocá de acá, viejo rata.”. El chorro se detuvo y miró hacia un punto detrás mío, poniendo su cara más desafiante. Me di vuelta y vi a una hermosa mujer de labios carnosos y ojos grandes. Su piel era oscura, curtida por el sol, y sus piernas fornidas y brillantes. Se quedaron así, mirándose como en un duelo de cowboys, por unos segundos, pero yo solo la miraba a ella. En sus ojos tenaces vi un fulgor olvidado, un deseo implacable por vivir. Fue eterno el segundo en que la claridad de su presencia se abrió paso en mi niebla. Mi hermosa salvadora, mi heroína. El viejo se debía haber ido porque ella posó sus ojos en mí. “¿Qué hacés por acá, bombón?” me preguntó, cuando creí que no podía ser más afortunado. Me sonrojé y quedé mudo unos instantes. Le dije que estaba paseando y ella me ofreció pasar un rato con ella. La seguí, cautivado por el movimiento de sus caderas, hasta una puerta de chapa oxidada que lindaba con un supermercado chino. “¿Cuánto tenés?” me preguntó antes de entrar. Ante mi silencio, repitió la pregunta ofuscada. “¿Cuánta guita tenés?”. “Nada” respondí. Ella se mordió los labios (¡qué labios!) y dio media vuelta. La seguí. “Salí de acá, pendejo”, soltó mientras apuraba el paso. No me importó, no podía perderla. Casi trotando, la alcancé y me le puse en frente. 

-¿Qué querés?

-A vos.- respondí, hundiéndome en sus ojos. 

-Pagá.- dijo tajantemente. 

-¿Cuánto es?

- Diez mil. 

- Los consigo.- prometí, desesperado. 

No respondió, pero su mirada indiferente me escaneó de arriba a abajo y esbozó una sonrisa. Luego siguió su camino. 

-¿Dónde vas a estar?- pregunté a la distancia. 

-Por acá…


Miré alrededor y me di cuenta de que no sabía dónde estaba. Qué hermosa sensación la de estar perdido y, además, enamorado. Caminé para donde iba la gente, con el sol quemándome la nuca, rodeado de un horrendo paisaje que en ese momento me resultó pintoresco. “Qué idiota te hace el amor”. Después de unas cuadras me di cuenta de que estaba cerca de la estación porque el volumen de gente era mayor y las veredas estaban llenas de vendedores ambulantes. Un puesto me llamó la atención. El negro ofrecía unos hermosos relojes brillantes a precio baratísimo. Me paré frente a él mirando alternadamente los productos y su rostro. Su piel opaca absorbía el sol de toda la cuadra. “Puede probar, amigo” dijo. Asentí, con la cabeza a mil revoluciones, sin poder dejar de pensar en mi heroína. Tenía una idea, pero debía transmitirsela al negro de la mejor manera posible. “Amigo…” comencé, poniéndome en cuclillas para estar a su altura. 

El negro arremetió con su discurso de venta, entusiasmado. “Barato, barato, ¿cuál quere?”. 

-Quiero vender.- le dije, desacertadamente. 

-Sí, vender, ¿cuál quere? 

-No, quiero ayudarte a vender. - expliqué, sintiéndome más estúpido a cada segundo. 

El negro no respondió, se quedó mirándome con el seño fruncido y luego agarró varios relojes y comenzó a decirme el precio de cada uno. Deteniéndolo, insistí con mi idea, explicándole con señas y frases simples que quería salir a vender sus productos a la calle por una comisión. Entendiendo a medias y más exasperado que interesado, el negro llamó a otro negro que doblaba remeras a unos metros. “¡Che!” comenzó a gritar. No entendí si lo convocaba con el más común de los pronombres argentinos o si ese era su nombre. El otro se acercó. Hablaron en su idioma y luego Che se dirigió a mí con un acento porteño nativo. Le expliqué mi deseo y él se lo transmitió al otro, que negaba con la cabeza cada dos palabras. Encascado, seguí insistiendo antes de que terminen de hablar. Hice énfasis en los beneficios que le traería a su negocio, le prometí vender diez relojes en una hora y ofrecí mi billetera en consignación. La indescifrable discusión entre los negros subió de tono y velocidad. Me dolían las rodillas, pero sabía que pararme sería tomado como un gesto de resignación. En un silencio, el negro de los relojes me echó una mirada inquisidora.

 -Cinco por ciento.- dijo. 

 -Diez.- respondí, sin titubear. 

 -Seis.

 -Ocho 

 -Siete. 

Asentí, él se dio vuelta y le tocó el hombro a un jovencito que estaba recostado sobre una bolsa de consorcio. Por cómo le hablaba parecía el hijo, pasó varios minutos diciéndole algo que parecían indicaciones. Yo no sabía cómo iba a pararme sin sentir los pies. Al fin el joven se paró y yo lo hice con él. Me sentí alto y fuerte. “Diop” dijo el chico, extendiendo la mano hacia mí. “Juan” respondí, y di un fuerte apretón. Su nombre quedó resonando en mis oídos, “Diop”... ¿sería una señal divina? A esa altura estaba dispuesto a creer en cualquier cosa. 


Durante horas dimos vueltas por la plaza, cargando unos muestrarios transportables que Diop había improvisado con los cordones de sus zapatos. El chico me seguía de cerca, custodiándome constantemente. Quizás por eso o quizás por el racismo idiosincrático, yo había vendido dos relojes y él ninguno. Iba bien, pero me faltaban unos veinte para llegar a mi objetivo. 


La panza me rugía así que gasté mis primeras ventas en un sanguche de milanesa. Nos sentamos a comer en el cordón de Salta y Pavón, en silencio, mirando la plaza. Sabía que Diop hablaba mi idioma, pero no mostró interés en conversar así que respeté su decisión. Había algo en él, en su forma de ver la gente pasar, de ordenar sus relojes, en su forma de sentarse y de masticar. Como si fuera un marginado más y a la vez se encontrara, interiormente, un escalón más arriba que todos nosotros. No mostraba la más mínima señal de pena ni satisfacción. No, no es que estuviera resignado, estaba… Estaba. Estar, pensé mientras veía sus dientes blancos arrancar un pedazo de milanesa y mancharse el jean con un pedazo de tomate. Estar es, para él, una condición inalterable y perpetua, por lo tanto, compañera. Diop comía plácidamente su sanguche, sabiéndose acompañado por mí y por su condición. Maestro Diop, ejemplo mudo de paz y sabiduría. Pensé en los peatones, renegando cada uno de su condición, como si fuera un ruido molesto que quisieran callar. ¿Qué otro remedio podría encontrar esta generación de ansiosos, adictos e insatisfechos, que la alianza con su condición? Sería quizás la única forma de reanimar el moribundo deseo de cambiar algo. 

Diop, su condición, mi condición y yo retomamos la venta con el entusiasmo de la panza llena. Vi a una señora coqueta saliendo del subte y la encaré sin dudar, sabiéndome hábil con ese grupo social. “¿Cómo le va, señora?” “¿Quiere ver algo señora?” “Más barato no se consigue” “Su novio va a estar chocho”. Pero esta señora me descolocó. Al verme frenó en seco y se quedó mirándome con una ceja levantada, como si la hubiera irritado enormemente. “¿Quién sos?”. Vi que su cartera, una especie de goma ovalada con botones de colores, tenía manchas de pintura. No respondí. “Vení para acá” me dijo, pero nuestros cuerpos estaban a un metro de distancia y no había mucho más allá a donde ir. Ante mi quietud, levantó el mentón y dió un paso adelante. Sus tetas caídas rozaban los relojes de mi muestrario. Pensé alejarme, pero algo en ella me intrigaba y quise saber si estaba loca o qué. Tenía el pelo blanco y lacio, largo hasta la cintura. Me miraba desde abajo con unos ojos negros y achinados. “¿A qué te dedicás?” fue la siguiente pregunta que me hizo, y la primera de la que estuve lo suficientemente seguro para responder. 

  • Vendo relojes.

Ella rió con un estruendo, complacida. Sentí las gotitas de su baba mojando mi cuello.

  • Mirame.- exigió. 

La miré, con una morbosa mezcla de intriga y desagrado. Sonreía y buscaba en mis ojos algo que no la dejaría encontrar. Por unos segundos jugamos al duelo de descifrarnos, hasta que la bocina de un colectivo nos sobresaltó. Me preguntó hasta qué hora trabajaba y le dije que hasta vender los veinte relojes. “Si venís conmigo te los compro todos” me dijo. Miré alrededor: Diop y su condición le mostraban productos a un grupo de pibes con ropa holgada. Pensé en mi heroína, recordé sus ojos café y su andar cadencioso. La señora insistía en su obstinada invitación extendiéndome la mano. “Soy artista” me dijo, “y vos también, aunque no lo sepas”. Miré su mano, noté que tenía el mismo vicio de comerse las uñas que yo. “¿A dónde vamos?” pregunté, aún sin moverme un centímetro. “A mi taller.”. Eché otra mirada a Diop, que se aproximaba a una venta, y tomé esa mano arrugada y seca. Sabía que la huida impacientaría a mi colega

, pero iba a estar contento cuando me viera volver con el muestrario vacío y el bolsillo lleno.

Bajamos al subte, la artista se deslizaba entre la multitud como un pez en el agua. Yo la seguía a los tumbos, tomado de su mano que comenzaba a transpirar. El muestrario golpeaba a la gente y todos me puteaban. Ella avanzaba despreocupada, como un nene entusiasmado con su juguete nuevo. En el vagón rechazó todas las ofertas de asientos y se quedó apretada contra la puerta, mirándome. Amortiguaba el vaivén del vagón con sus rodillas, como si tuviera treinta años menos. Me preguntó por mi niñez, por mis viejos, por mi sexualidad, por mi casa. Yo respondía breve y sinceramente, con el placer de quien se siente percibido. Mi condición sonreía desde adentro. 

Bajamos en San Martín y caminamos varias cuadras por Recoleta. Me parecía increíble haber viajado tan solo quince minutos, parecía otro país. En una esquina un viejo canoso se quedó mirándome con desconfianza y la artista comenzó a gruñirle, como si fuera un perro, hasta que se alejó confundido. Claramente estaba loca. Mi amiga la loca. ¿A dónde me estaría llevando? Le pregunté su nombre. “Amparo”. Me pareció hermoso. Entramos a un edificio antiguo y un ascensor dorado nos llevó hasta el piso 13. Recuerdo la cara sonriente de Amparo viéndome a través del espejo. El cordón del muestrario ya me estaba lastimando el hombro y no veía la hora de llegar. Recuerdo pensar que capaz esa era la experiencia cruda y potente que había ido a buscar a Capital. No tenía la más mínima idea de con qué me encontraría y me pareció que hace años no tenía esa sensación. 

Era un salón gigante, un piso entero con grandes ventanales, tan iluminado que al principio tuve que entrecerrar los ojos para ver. Amparo abrió los brazos y dio un par de vueltas en el lugar. Unas telas enormes colgaban del techo hasta el piso, manchadas con pintura de todos los colores. El piso y las paredes estaban llenos de pintura y, sin embargo, me pareció el lugar más limpio del planeta. Cuando terminó de dar vueltas, me dio un mate lavado y me sentó en una silla, con el sol calentando mi costado. Tomé algunos mates mientras ella mezclaba colores en un balde y estiraba una tela blanca sobre el piso. Le pregunté algo, no sé qué, pero no me respondió. Quizás charlaba con su condición, la ponía al tanto. Yo las observaba, percibiendo que no solo convivían como compañeras, sino como amantes y confidentes. Sin dejar de sonreír, me miró un segundo, derramó un chorro de pintura verde sobre la tela y luego la esparció con un pincel encintado a un palo de escoba. Así comenzó, y continuó por un rato que no supe si fueron tres horas o diez minutos, porque el día ahí adentro parecía detenido. El sol me daba pistas confusas del tiempo que yo intentaba interpretar mientras sentía que Amparo me acariciaba la condición y le pedía que le confesara sus infidencias más profundas, las que yo nunca supe conocer. Su condición y la mía bailaban en silencio, guiadas por los rayos de un sol palpitante. Sentí que dormía despierto y el mate se me resbaló de las manos, quemándome la pantorrilla. En ese momento se abrió la puerta y Amparo giró sobresaltada. Un hombre de camisa blanca y pantalón de vestir entró al salón sin levantar la vista del celular y comenzó a caminar mientras enviaba mensajes. Tenía el pelo impecable y los zapatos brillantes. El sonido de los tacos contra el piso de madera rebotaba en el silencio; nuestras condiciones habían detenido la danza y miraban fastidiadas. Cuando por fin el hombre levantó la cabeza de su aparato, miró alternadamente a Amparo y a mí, miró el muestrario de relojes en el piso y luego negó con la cabeza. “No podés traer a cualquiera, ya te dije”. “Es mi taller” respondió Amparo rápidamente. “Tu taller no sería nada sin mí” respondió el hombre mientras se acercaba a mí metiendo la mano en el bolsillo. Amparo lo miraba con odio y desprecio. El hombre sacó un fajo de billetes. “¿Cuánto le ofreciste?” preguntó sin mirarla. Amparo no respondió, lo miraba desde atrás sin pestañear, como un gato a su presa. Noté que una vena se le hinchaba en la frente. El tipo se me acercó, contó varios billetes y me los extendió sin mirarme a los ojos. “Si te cruzás con alguien, decí que sos de limpieza” me dijo, y su celular comenzó a sonar con un tono tan molesto que el sonido de su voz atendiendo me pareció un alivio. Se alejó hacia la ventana, hablaba de números, de galerías y de Amparo. Hablaba de ella como si fuera una especie de genio, una diosa en la tierra. Amparo lo seguía mirando con la respiración agitada hasta que me paré de la silla y se dio vuelta hacia mí. En sus ojos no había un mínimo rastro de su condición. La mía seguía ahí, anhelando la libertad que había tenido segundos atrás. “Andá” me dijo Amparo, de repente tan normal como una señora cualquiera. “¿Quién es?” pregunté. “Mi representante” dijo con un hilo de voz.

  • ¿No vamos a terminar el…?.- esbocé. No sabía qué estábamos haciendo.

  • No puedo. 

  • Si querés le puedo decir-

  • Andate, por favor.- me interrumpió. 


El tipo reía al teléfono y gesticulaba con las manos. “Va a estar ahí, te lo prometo” dijo. Guardé la plata en el bolsillo, agarré el muestrario y fui hacia la puerta. Lo último que vi fue a Amparo mirando la tela con la cabeza gacha y el tipo acercándose a ella con paso acelerado. Cerré la puerta pero no pude ir a ningún lado. Escuché como discutían, aunque las respuestas de Amparo terminaron cuando el tipo comenzó a alzar la voz. “Vas a ir a donde yo te diga, si no fuera por mí estarías viviendo en un monoambiente dando clases en una primaria” “¡No, no tenés talento! Lo único que tenés es un buen manager, así que no me rompás las pelotas y no te metas en mi laburo”. “Mañana te quiero lista a las nueve a.m., bien maquilladita y prolija, no toda mugrienta como estás ahora.”. El corazón me latía a mil por hora, sentí la adrenalina recorriéndome el cuerpo y la tensión de los músculos. Pensé en mi heroína, ¿qué hubiera hecho ella? Escuché los tacos acercándose a la puerta y me escondí atrás de la puerta. El tipo salió apurado y pidió el ascensor. Con la puerta abierta podía escuchar el llanto ahogado de Amparo. Le sonó el celular y atendió como si estuviera en el mejor de sus humores. Volvió a hablar de Amparo, elogiándola. En un espasmo eléctrico sentí a mi condición tomando el control. Desaté el cordón del muestrario mientras el tipo reía y apretaba repetidamente el botón del ascensor. Del momento del ataque no recuerdo nada. La siguiente imagen es el tipo tirado entre mis brazos con el cordón en el cuello y la cara violeta. Amparo apareció atrás mío, atónita. “¿Qué hiciste?”. No respondí, me paré despacio y dejé caer el cuerpo inmóvil al piso. El ascensor se abrió ante nosotros. “¿Está muerto?” preguntó Amparo. La miré. Mi condición había cedido el control. “No sé” respondí, “pero tenemos que irnos”. “Yo con vos no voy a ningún lado”. “Quedate, entonces” dije mientras subía al ascensor y apretaba el cero. Amparo miraba a su representante en el piso. Las puertas se estaban cerrando cuando ella las detuvo y se subió sin decir nada. Así, callados y asustados, fuimos hasta Constitución. Era de noche. Mirando la gran pantalla que informaba horarios y destinos, Amparo me dijo: “Tengo un primo en Cañuelas. Me voy para allá.”. No supe qué decir, la culpa me carcomía y sentía una bola en el estómago. El tren a Ezeiza salía en dos minutos, Amparo tenía que irse enseguida y lo sabía, pero aún así se quedó unos segundos mirando al frente, mientras la gente corría a su alrededor y saltaba los molinetes para llegar al tren que los llevaría a la calma artificial del hogar. Antes de irse me miró con los ojos vidriosos y una leve sonrisa. Escuché la voz de su condición. “Gracias” me dijo. 


La vi marcharse y sentí la liviandad de mi estómago libre de culpas. Así estaba cuando un brazo me agarró violentamente del cuello y me reemplazó cualquier pensamiento posible con el terror. El brazo me arrastró hasta la salida de Lima, recitando insultos y amenazas. Vi al gordo de pelo largo y remera mojada mientras mis costillas chocaban fuertemente contra las baldosas del piso. Sobre mi cabeza estaba el padre de Diop. La realidad cayó sobre mí en un instante. Me incorporé rápidamente para dar explicaciones, pero el negro me pegó una piña que me reventó la nariz y comencé a chorrear sangre sin parar. “Tengo la plata” balbuceé con los ojos mojados mientras metía la mano en el bolsillo. El negro me vio hacer sin decir nada. Cuando saqué el fajo me puse a contar lentamente y con la voz temblorosa, no llegué a preguntar cuánto debía porque el gordo me pegó una patada en los riñones y me arrancó el fajo de la mano para dárselo al negro. Después me levantó como si fuera de goma y me empujó en dirección a la estación. Logré mantenerme en pie y mientras caminaba sentí el dolor como un recuerdo de mi condición. Saqué la billetera y agarré la SUBE, aunque sabía que no tenía saldo. Me acordé de mi heroína y una pena amarga envolvió mi andar. El mismo tren, la misma noche, el mismo dolor. Me tocaron el hombro. Era Diop. Con un pucho en la boca y los ojos serenos, como siempre, me dio un par de billetes que no conté. Me ofreció un pucho y fumamos juntos en la escalera de la estación. Me habló del pasado de su papá en África, después hablamos de cine y de fútbol. Era de Huracán. Antes de que saliera el último tren se despidió y me deseó buena suerte. Salía en cinco minutos. Conté la plata, me alcanzaba para dos empanadas y un rato con mi heroína. La busqué durante una hora por calles oscuras y peligrosas. Cuando la encontré me regaló una sonrisa y una noche de amor puro y pasional. Mirando el techo de la habitación pensé en Amparo. La imaginé en una enorme casa de campo en Cañuelas, rodeada de animales de granja y árboles enormes. La vi pintando un gran cuadro, imaginé un gato lamiéndose en el marco de la ventana y el atardecer empapando un campo verde, el mismo verde de la pintura que volcaba en aquella tela despojada. Mi heroína se levantó de la cama arrebatando toda fantasía posible. “Volvé.” dije, embelesado, pero la calidez de mis tripas se mezcló con la humedad de las sábanas y me vi arrastrado a un sueño inevitable. El último recuerdo de su tacto lo lleva mi mejilla, que no olvidará nunca la suavidad de esos labios inagotables. 


 
 
 

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