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Si fuese así

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 24 feb 2021
  • 25 Min. de lectura

1.


-Pero si fuese así, no habría poemas ni tangos ni oficinas, Pablin.

-Pablin las bolas, lo que yo te quiero decir es que…

-Ya se lo que querés decir vos Pablin, tenés toda la razón, este es un boludo que no nos entiende. Pongamos el disco, que ya dimos más vueltas que el River de Gallardo- lo interrumpió Romina, que no se caracteriza por su paciencia ni su tacto.

Andrés miraba la ventana pucho en mano, con el pelo entre las pestañas. Martín y Pablo acordaron visualmente seguir la filosofada sobre el galpón en otro momento. Andrea se ocupó de poner a funcionar el aparato mientras se reía como un colibrí de la autoridad de la otra. El verano ya se había instalado impetuosamente en Buenos Aires y el único resguardo del grupo era un aire acondicionado portátil algo mañero y ruidoso pero muy práctico y fiel.

Las notas rebotaron por todo el departamento y hasta los mosquitos parecía que se hubieran detenido para escuchar. Esto hizo que todos comenzaran a pensar en tiempo pasado indefinido. Indefinido definido por ellos cinco y por ese monoambiente olor a pata y libro viejo. Martín miraba recto a los pies de Romina, estúpidos descalzos, descubiertos por la luz verde flotante de la publicidad de dentífrico más allá de la ventana. Andrés seguía mirando hacia afuera con la cabeza un poco inclinada y una sonrisa tan imperceptible que se reía a la vez del dentífrico, de Pablo, del sexto piso y del presidente. Inevitablemente, a la cabeza de Pablo llegaban imágenes de montañas, de ríos, patios de colegios, estaciones de tren, campos y cosas por el estilo. “Sos un romántico insalvable”, le había dicho una vez Andrés.

Definitivamente era una de las mejores obras de su género. Pero el pobre repartidor tocó el timbre en el peor momento, es decir en el mejor momento, pero en el peor para entregar tres fútiles musarelas.

-¡Ahí va!- gritó, innecesariamente fuerte, el romántico dueño de la casa.

- Andre, pone vos que ahora te damos- sugirió Romina mientras pausaba el ya inútil aparato. El pasado había vuelto, sorpresiva e inevitablemente, a llamarse presente.

Las pizzas estaban más ricas que de costumbre, como suele pasar cuando se está con queridos o tal vez cuando no se ha comido desde las dos de la tarde. Mientras comían hablaron de cosas pero solo de cosas porque de otro modo era imposible la masticación. La negrura de la noche le fue ganando de a poco a los restos de entusiasmo solar, por eso decidieron en silencio que se quedarían en silencio hasta llegar ahí, al sueño que los esperaba con brazos abiertos y fuertes. Mañana habría tiempo para seguir con la inevitable tarea, seguramente otro sábado infinito de esos que se olvidan rápido.

Pero esta vez no era igual. al despertarse el aire en el departamento estaba menos denso que siempre y lo sabían, aunque hicieran café y tostadas como si nada. El resto lo mismo, Andrea pidiendo dos de azúcar y el dulce de leche por favor. Pablo con el té de tilo y que no esté muy tostada la tostada. Romina y Andrés todavía dormían y habían usurpado la matrimonial. Romina babeando la almohada y Andrés respirando despacio, escondido con un brazo sobre el rostro. El silencio en el departamento parecía haberse alargado directamente desde la noche previa, cosa extremadamente inhabitual por lo que todos sabemos acerca de la individualidad de cada día.

Martín sugirió una salida a la plaza que ninguno ni ninguna rechazó. Andrea se auto-asignó la tarea de despertar a los dormidos, para lo cual contaba con una particular delicadeza. Cuando entró a la pieza y vio a esos dos con sus poses trágicas inmóviles, con la luz tenue que se colaba por la persiana y convertía a las sábanas en un juego de luces y sombras infinitamente complejo, no pudo evitar pensar en algún cuadro de Caravaggio. Un arrebato de adolescente le llenó el cuerpo de bronca, de ganas de escupirles la cara y gritarles que los amaba. Los despertó uno a uno sin perderse el momento horrible en que abrieran los ojos. Romina la miró como a una extraña y después sonrió.

Juntaron de provisión un mate y bizcochitos, y salieron. Terminaron yendo a Finky.


-Yo lo veo caído, raro- dijo Romina deschupándose del amargo.

-Yo lo veo bien, distinto pero bien - respondió Andrea sin sacarle los ojos de encima al mencionado, que jugaba a la pelota con Martín.

-Pasame un bizcochito.- pidió Pablo.

Romina siguió hablando sin largar el mate. – No sé qué vamos a hacer si mañana está así.

-¿Qué tiene?- preguntó Andrea.

- Que necesitamos que esté bien, esta vez tengo un buen presentimiento.

- Si, yo también – se convenció Pablo.

Siguieron mirando a Andrés en silencio.

- Miralo, ¿ves?, no está normal.- dijo Romina.

- ¿Qué tiene?

-¿No era zurdo él?

- Que se yo, estará probando con la otra para equiparar.

- Es raro.

Pablo se había entretenido mirando la pelota ir y venir, cómo se iba ensuciando, como giraba para un lado y después para el otro y para el otro, como se frenaba y volvía a salir disparada, como se iba lejos y casi le tira el mate a una señora que miró amenazante. Andrea le tocó el brazo y le pasó un bizcochito.

- Literalidad no te falta, ¿no? Se quedó dormido el mate parece. Se quejó el romántico por dos.

Romina terminó el mate y se lo pasó.

Al mediodía, la temperatura en Temperley era comparable con la de un desierto africano, por lo que el parque quedó algo deshabitado. Ellos, rehuidos a volver al departamento o a gastar plata en un bar con aire acondicionado, se refugiaron, alegres, bajo un árbol.

El resto de la tarde podría resumirse en dos termos de tereré y una discusión sobre economía que protagonizaron Martín y Romina.


2.


“Lo miré al Mago y este me guiñó el ojo. Tenía miedo, mucho.”

Antes que nada les voy a contar un poco. Tengo ciento trece años y hace treinta que vivo en una casa blanca llena de viejos, atrás de un galpón, en el campo. Acá me conocen todos y la mayoría me dice Angelito, pero en realidad me llamo Carlos. ¿Cómo vine a parar acá? No tuve opción, el cuatro de diciembre del dos mil cinco estaba sentado en una reposera, tomando mate en la puerta de mi casa de Burzaco, cuando aparecieron tres tipos muy parecidos, vestidos de traje y con pelo engominado. Lo siguiente que recuerdo es estar acostado en una especie de camilla, en un jardín inmenso. A mi lado estaba uno de los tipos de traje y un par de señoras que no conocía. Me dolía mucho el brazo izquierdo, estaba muy cansado y me costaba respirar.

Los primeros meses fueron duros, los trillizos me explicaron cómo era todo pero había demasiadas cosas que asimilar. Empecé un proceso de adaptación y de recuperación en el que al principio me costaba hasta caminar, sentía un dolor constante en el pecho y me mareaba. Después, cuando estuve un poco mejor físicamente, intente escapar varias veces, pero apenas cruzaba la puerta, todos los dolores volvían intensamente y no podía hacer más de diez metros. Las enfermeras me curaban y a las semanas lo volvía a intentar. Hasta que me di cuenta de que no había caso y enfrenté la situación. Empecé a charlar con algunos viejos, a recorrer el jardín, me metí en alguna que otra partida de truco o chinchón y me fui tranquilizando. No es que dejé de extrañar sino que, simplemente me deje llevar y aprendí a disfrutar de los placeres de la casa. Hoy me siento realmente muy bien.

Acá casi todos son más jóvenes que yo, pero ninguno baja de los ochenta. En cuanto a la casa, es difícil encontrar palabras para describirla, el jardín es mucho más grande que cualquiera que haya visto en mi vida, las puertas son muy altas y el techo está repleto de pinturas que hacen los viejos y las viejas, subidos a una especie de grúa que trajeron los trillizos hace un par de décadas.

Hay un salón inmenso exactamente en el medio y a cada lado están las habitaciones. Cada uno duerme solo pero si quiere puede ir a pasar la noche con algún otro viejo. Al galpón no se puede ir pero a nadie le molesta, todos sabemos que tarde o temprano nos va a tocar, un día los trillizos abren la puerta y te tenés que despedir. Nosotros, cada vez que un viejo se está por ir, lo tratamos como a un rey, le hacemos regalos, le escribimos cartas y lo hacemos cantar en el escenario. Algunos entran al galpón sonriendo, otros con intriga y otros con mucho miedo.


3.


El domingo llegó de repente, como todos los días de ese verano. Pablo se despertó a las siete y no pudo volver a dormirse. Se hizo un café y se sentó a observar el cartel verde mas allá de la ventana. Hablaba, se podría decir, con su amigo frio e incondicional, su dentífrico anónimo, gastado, gigante, obsceno y, tal vez, resignado, mientras el aire ronroneaba. No estaba nervioso pero sí ansioso, se preguntaba si realmente estaba preparado. Para distraerse, buscó algún recuerdo en su archivo de arrepentimientos y dichas aún sensibles.

En uno de los pasillos coloridos la encontró a Magali, de espaldas. La había conocido casi por error, un jueves, en un andén. Era hermosa, sutil, sospechosamente pura, irónica y callada. Hablaron poco y, milagrosamente, tocó el timbre del departamento la noche siguiente. Pablo la esperaba, nervioso e inseguro. Ella, sin embargo, entró impasiblemente, como si entrara a su propia casa, miró el dentífrico con aire de desafío y pidió permiso para pasar al baño. Pablo, atontado.

Se quedó a dormir. Él, en su mente, definía sus besos como una mezcla exacta de ternura y deseo, nunca supo qué significaban para ella los de él. En realidad, nunca supo casi nada sobre ella más que estaba siempre peinada, bien vestida y perfumada, que amaba el helado y que tenía un gusto musical exquisito. Ni siquiera sabía su apellido, pero no le importaba, creía que con el tiempo iba a conocer más sobre ella, la veía como una reina distante y malvada. Aunque nunca le había hecho daño, de algún modo sentía que el placer, siempre efímero, de su presencia, lo acechaba constantemente, como una espina clavada en la planta del pie. Y ese placer se debía a algo puramente abstracto, inentendible, gaseoso, que Pablo solía atribuir al silencio. Cuando Magali callaba y quedaban en silencio, Pablo sentía algo parecido a la paz.

Un día, Magali simplemente desapareció, se esfumó sin razón, no contestó más sus llamadas ni volvió a llamar. Él superó antes la angustia que la intriga, ese era un capítulo a medio cerrar en el libro de su vida. Desde ella, no estuvo con otra mujer.

No se acordaba a qué hora vendrían todos. Seguramente a las once, teniendo en cuenta que Andrés duerme hasta tarde los domingos y Romina desayunaría con su abuela. A las diez tomó una larga ducha, dejando descansar al aire, que ya empezaba a escupir un poco de agua. A las diez y media tocó timbre el primer vengador, el apodo se le ocurrió en el momento y se rio en el camino a la puerta. Se dijo que debía acordarse de mencionárselo a todos, pero ¿de qué se vengaban?

Martín estaba alegre, había dormido bien y estaba vestido casualmente. Los anteojos gruesos como culo de botella le agrandaban los ojos. Además (Pablo sonrió al notarlo), no llevaba su reloj.

-Me alegro- le dijo. – no te vas a arrepentir.

Martín no le respondió y se quedó mirando el dentífrico. Increíblemente, le seguía llamando la atención. El invitado aceptó un café y hablaron, Pablo siempre disfrutaba las charlas con Martín. Su lenguaje preciso, su cadencia intrigante, su pasión por la filosofía (no frecuente en los contadores) y una ingenuidad campechana, hacían de Martin un hombre seguro y muy cercano. Conversaron un rato hasta que un silencio, exagerado por el poco tráfico del centro, los hizo acordarse de sí mismos, de cómo estaban sentados, de que Pablo estaba en bata y del dentífrico. El dentífrico como esa presencia fantasmal, imperfecta pero sincera, esa presencia que le hace a uno mirar adelante con una furia inservible que empapa el alma y es como una pelota de tenis que rebota contra el piso y te golpea el rostro.

En ese momento, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta, golpeó Andrea con convicción, con los ojos fijos y el pecho inflado de dolor. Llevaba un vestido amarillo, los labios pintados y el pelo sin alisar. Traía facturas. Pablo se fue a vestir y Martin la recibió con una sonrisa actuada que se convirtió en pura improvisación cuando vio lo que ella dejaba colgar bajo sus dedos.

- Bienvenidas sean.- dijo- Vos, Andre, también podés pasar.

Ella lo insultó dulcemente y apoyo el paquete en la mesa. Arbitrariamente le esquivó los ojos al dentífrico y se sentó de piernas cruzadas. Por unos instantes recorrió la habitación, cada rincón de la misma le lanzaba recuerdos fugaces, olores lejanos y un Andrés siempre fragmentado. Un Andrés de manos cerradas, un Andrés sonriente y cercano en su imposibilidad, en su nariz puntiaguda amenazante. Para ella, era inconcebible que la gente pasara de un espacio a otro sin tomarse la precaución de acomodar las entrañas, de advertir a su mente que hay un nuevo delimitar de los sentidos, una nueva jaula física de la cual habrá que pensar como escapar.

Ese procedimiento, veloz en tiempo reloj, pero lentísimo en su cuerpo, bastó para que cuando Andrea levantara la mirada, Martín ya le haya dado un mordisco a la tortita negra y la mirara con placer. Pablo salió del cuarto con una bermuda ancha y unas panchas coloridas.

- Te dejaste los rulos.- Notó apenas la vio.


4.


Cuando lo conocí al Mago, yo todavía andaba protestando y extrañando Burzaco. Me encontró cortando flores del jardín, sentado en el piso. Parece que me conocía porque me llamó por mi nombre y me miró desde arriba, sosteniendo una guitarra. Me hizo parar y me dijo si le enseñaba a tocar. Desde ese día andamos como uña y carne, caminando por la casa y charlando todo el día. Las viejas nos cargan porque dicen que parecemos siameses.

Es un tipo culto el Mago, sabe de todo y habla con mucha propiedad. Ahora me está enseñando a hablar portugués, dice que lo aprendió porque tenía un compañero brasilero que jugó con él muchos años. Ah, no les conté: él era jugador de fútbol, de ahí el apodo. Dicen que era muy bueno, yo no lo vi porque ni había nacido, el Mago es uno de los más grandes de la casa, ciento cincuenta y siete va a cumplir el viejo. No saben lo que son los cumpleaños acá, los viejos se ponen como locos, los trillizos decoran todo el lugar con guirnaldas, hacen una torta gigante y ponen música. Los viejos nos quedamos bailando toda la noche, bailando y contando chistes o haciendo concursos de karaoke. La mejor es la Polaca, que es una enciclopedia de tangos y canta como los dioses. Bueno como decía, el Mago jugó en Racing y en Estudiantes pero se retiró a los treinta y cinco por una lesión. A partir de ahí viajó por todo el mundo y leyó mucho, por eso sabe tanto. Pero no me quiero desviar más, voy a contar lo importante.


5.


Una hora y media después se encontraban los cinco parados frente a la puerta, con Pablo buscando las llaves y el dentífrico susurrándoles al oído. Estaban colgadas. En el camino a la estación compraron varios turrones y dos botellas grandes de agua. El andén tenía varias personas y se notaba que esperaban hace bastante, por lo que el eléctrico probablemente estuviera por llegar. Romina, Pablo y Martin ocuparon el asiento verde de cemento y Andrés se prendió un pucho.

-¿Cómo está tu abuela?- le preguntó a Romina.

- Vieja - le contestó ella.- y adorable. Te mandó un beso.

Andrés sonrió. Hacía años no veía a Teresita. La voz de la estación anunció que el tren a Alejandro Korn llegaría por otro andén y toda la gente se fue, excepto algún que otro distraído. Los sentados se acomodaron sabiendo que tendrían que esperar un rato más.

-Qué mala leche- exclamó Martin.- ¿No será lo mismo, che?

-Obvio que no - respondió Pablo – las instrucciones son claras. “Cada tercer domingo de los meses impares, en el andén cuatro de la estación Lomas de Zamora”. El próximo va a venir por acá, debe ser una eventualidad.

Martín se quedó protestando.

-Che, te estás quedando pelado. – le dijo Andrés.

- Y vos sos un pelotudo. – respondió el aludido. Acto seguido se tocó el pelo. El resto rio.

- Bueno no tiene por qué ser algo malo, le pasa a muchos. Además a las chicas les gustan los pelados. ¿O no? – consultó Pablo a Andrea y Romina.

- Obvio, a mi hermana por ejemplo le encantan. – contestó Andrea. – Y vas a ahorrar un montón en champú.

Pablo rio más de lo normal. Martín se quedó de brazos cruzados, ofuscado pero divertido a la vez. Andrés apagó el pucho y se alejó para tirarlo en un tacho. Un nene pasó y dejó tres estampitas en el regazo de Pablo, este las agarró y las observó por un rato. Eran todas religiosas. Cuando el nene volvió le tuvo que tocar el hombro para que levantara la vista, Pablo lo hizo esperar mientras sacaba un billete de veinte de la billetera y le devolvió las estampitas.

Le compraron cinco panchos a un señor que pasaba ofreciéndolos con un carisma recalcable teniendo en cuenta el calor que hacía. No lo vieron porque estaban concentrados comiendo y hablando, pero en el andén, a unos metros de ellos, había aparecido un tipo con un traje brillante de los caros. Tenía el pelo engominado con una raya al costado y usaba un reloj plateado. Cada tanto miraba su reloj pero no parecía ansioso, lo hacía como con un gesto de corroboración, mas teatral que necesario. A pesar de estar al lado de dos asientos vacíos, el tipo se mantenía parado. Cuando los cinco lo vieron, a la única que se le ocurrió algo para decir fue a Romina.

-Qué calor, ¿no? - dijo sin sacarle la vista de encima.

-¿Qué tipo de reunión que amerite esa vestimenta se hace un domingo? – curioseó Martin.

- Un casamiento, por ejemplo. – dijo Andrea.

- ¿Me vas a decir que tiene guita para esa pilcha y no para garparse un remis?

Se quedaron pensando.

- Qué se yo…

El de traje no los miró en ningún momento. Cuando el tren llegó, el hombre se había posicionado exactamente donde frenó la puerta del chofer. Apenas se abrieron las puertas, lo vieron entrar en la cabina y no salió por unos minutos. Pablo se quedó observando desde el andén mientras Martín y Andrea le sostenían la puerta desde adentro.

- ¿Qué hace? – le preguntó Romina.

- No tengo idea, sigue ahí.

Algunos pasajeros se asomaban a la puerta para ver por qué el tren se había detenido.

-Ahí salió.

- Vení, que va a cerrar.

Pablo entró y el tren cerró las puertas. Mientras Martin argumentaba que no tenía nada de raro que un chofer de tren tuviera un amigo de traje que lo esperara en una estación para comunicarle algo urgente o simplemente para charlar un poco, vieron que el hombre seguía parado en el andén, tenía los ojos clavados en los de Andrés y los dejó ahí hasta que el tren se alejó. Sonreía un poco y tenía las manos en los bolsillos. Aquella sería una imagen que quedaría grabada en los ojos de los cinco por mucho tiempo. Andrés hizo un leve gesto de desconocimiento, parecía abstraído. Cambiaron rápido de tema, Andrea y Romina se miraron.


6.


Hace más o menos un año, uno de los trillizos me dijo que me tenían que hablar. Se acercaba el día, me dijeron que me vaya preparando, que faltaba poco para que pase por el galpón. Ese día me explicaron algunas cosas de lo que pasa ahí y me pidieron que no le cuente a nadie. Entre las cosas que me dijeron, una era que, cuando vaya al galpón, iba a conocer a alguien importante para mí, eso fue lo que se quedó rebotando en mi cabeza. Poco después me comunicaron que me quedaba solo una semana. Esos últimos días sí que los aproveche lo mejor que pude, charlé con todas las viejas, me quedé caminando por el jardín hasta tarde, jugamos un torneo de palabras cruzadas y hasta me animé a tocar la guitarra frente a todos mientras el Mago cantaba una milonga. La noche anterior al galpón me quedé hasta tarde escribiendo una carta para mis hijas y mis nietos. Los trillizos me dijeron que, de alguna forma, se la harían llegar.


7.


Bajaron del tren en la última estación, subieron a la chancha y viajaron media hora mas, con el cuerpo transpirado y los pelos al viento. En ese tren no había nadie. Bajaron en la estación de siempre, como siempre, como cada tercer domingo de cada mes impar, hace exactamente un año. Iban muy juntos, como una tropa caminaban lentamente hacia el galpón. Era casi gracioso ver a Andrea con su vestido encantador, en medio de toda esa tierra y ese sudor amargo. Todavía faltaba algo así como un kilómetro cuando, desde el marco dela puerta de una casucha al costado del camino, una señora de blanco les chistó y les hizo una seña con la mano. Pablo se acercó pero la señora estaba con los ojos puestos en Andrés. Los tres relegados miraron a Andrés que le devolvía la mirada a la extraña. Cuando Pablo le habló, la mujer entró a la casa y cerró de un portazo. El ruido se despegó del silencio como una bala y sobresaltó a Romina que tomó por un instante la mano de Andrea. Un viento fuerte los refrescó un poco. A esa altura ya no hablaban mucho.


8.


Me despedí de los viejos y de las viejas, uno por uno. Todos me deseaban mucha suerte, me agradecían, me besaban la mano y me regalaban cosas que, lamentablemente, tuve que dejar en mi habitación. Miré la casa enorme y pensé “por lo menos esta vez me puedo despedir”. Antes de ir les pedí a los trillizos si podía ir un segundo al jardín y fui directo al cantero del fondo, arranqué una petunia y me la puse en el bolsillo.

Ahora sí, con la puerta adelante, me di vuelta, lo miré al Mago y este me guiñó el ojo. Tenía miedo, mucho. Ya me habían explicado: tenía que jugar a ganar, disfrutar la partida y respetar a los rivales. No entendía bien pero me dije que iba a hacer lo posible.


9.


Parados frente al galpón se sintieron muy unidos. Andrés tanteó el mazo de cartas en el bolsillo. El aire estaba inmóvil y el galpón parecía mirarlos algo sonriente, como si tuviera una mano en el bolsillo igual que el tipo de traje. O al menos eso mismo les generaba. Si aquel día en el departamento pensaban en tiempo pasado indefinido, hoy pensaban en presente suspendido. Durante esa espera taciturna, ninguno pudo pensar en el dentífrico, porque el recuerdo del dentífrico era demasiado carnal, demasiado verde y tan humano que se pelea a las trompadas con ese galpón del grisáceo. Tomaron agua y comieron un turrón cada uno.

Después de los tres aplausos, les abrió el mismo pibe de siempre. No sabían el nombre porque nunca les soltó una palabra. Era un joven con granos en la cara, una remera de fútbol y el pelo largo ondulado. Lo único que hacía era abrir el portón y cerrarlo detrás de ellos, ahí lo perdían de vista por la oscuridad del lugar y solo se veía la mesa. La mesa con las seis sillas esperando y la puerta del fondo que se abría siempre cuando llegaban al mismo punto del galpón y dejaba entrar una luz blanca que los encandilaba. Después, a la oscuridad y la mesa, se sumaban tres viejitos escoltados por dos tipos de traje. Los viejos se sentaban y daban la mano, algunos nerviosos, otros excesivamente contentos, otros dispersos o enojados, pero cuando el pibe de la puerta se acercaba trayendo una bandeja con el mazo de cartas, todos se concentraban en el juego. Cada viejito tenía que apuntar a uno de ellos cinco y esos eran los que jugaban.


10.


El galpón estaba en penumbras, yo sentí que era una oscuridad que no veía hace mucho tiempo y por eso me costó acostumbrarme. Al principio divisaba la mesa y varias siluetas inmóviles. Cuando se me acostumbró la vista, noté que los contrincantes eran jóvenes (cosa que no me esperaba, por alguna razón) y que estaban algo conmovidos por la presencia de los trillizos. Lo primero que me pregunté fue quién sería esa persona especial.


11.


Pero esta vez no fue así, en vez de dos entraron tres hombres de traje y un viejo canoso que parecía ensimismado. Cuando se pusieron bajo la luz, Pablo reconoció al tipo de traje de la estación de Lomas y la codeó a Romina, ella se sorprendió y miró a los otros que, por la expresión del rostro, se notaba que ya lo habían identificado.


12.


Era extraño, yo era el único viejo en el galpón y sin embargo sentía un aire de vivacidad que los demás parecían ignorar. Ellos eran cinco, no sé por qué, y se mantenían parados. Como de la nada apareció un pibe con una remera de fútbol que me hizo acordar a mí de pendejo. Tenía una bandeja dorada en la mano, la cual colocó en el centro de la mesa y se fue. Yo lo quise seguir con la mirada pero era imposible en tanta oscuridad.

Cuando uno de los trillizos se estiró para destapar la bandeja, uno de los jóvenes, de pelo largo ondulado y flaco como un espárrago, puso la mano en el medio y sacó un mazo de cartas gastadas del bolsillo.


13.


Los trillizos se miraron y el que tenía la mano estirada levantó la bandeja sin abrirla, y la colocó debajo de la mesa. “Me parece bien” dijo mientras lo hacía. Luego otro tomó la palabra, con un semblante de seriedad envidiable y mirando a todos por igual.

-Hoy va a ser un poco distinto, si no les molesta. El señor aquí presente – dijo señalando al viejo ensimismado- jugará con ustedes y así formarán dos equipos. Si uno de los dos equipos logra derrotarnos, se les revelará el secreto que tanto desean conocer. Si no, no nos volveremos a ver.


14.


Vi que los cinco se miraban ansiosos, como si hubieran escuchado algo que esperaban hace mucho. El trillizo se dirigió a mí.

-Carlos- me dijo- tenés que elegir a dos de estos jóvenes para que jueguen con vos.

A la hora de mirarlos para tomar la decisión los pude individualizar y conocerlos un poco, era extraño lo contrastantes que eran sus vestimentas entre sí. Había dos chicas casi opuestas, pero que se notaba que eran muy unidas, las cuales parecían buenas jugadoras por igual, así que fue difícil elegir. Terminé eligiendo a la de pelo corto porque la otra me miraba con una ternura que me hacía sentir un poco imbécil. De los muchachos, no me fue difícil elegir al de pelo largo, el de bermudas parecía de los que se echan para atrás y el otro tenía una pinta de bolacero que se le caía.

El trillizo anunció como quedaban los equipos y el de los tres jóvenes se sentó primero. Estaban la piba de vestido, el de bermudas y el de anteojos. Se sentaron queriendo parecen confiados, pero se notaba que no lo estaban. El primer chico lo perdieron, pero por poco porque jugaban a lo seguro. Los trillizos ligaban bastante y lo sabían jugar, venían un paso adelante. Con un veinte ocho de mano, el pibe, que ahora se llamaba Martin, se llevó un doble envido y los igualaron a los trillizos en veintiséis. La siguiente fue la última mano, repartió Andrea y los trillizos fueron todos al pie, cuando lo llegó el turno a la piba, cantó el primero y un trillizo la corrió con el falta; se llevó dos a la bolsa y quedaban otros dos que ganaron fácil con un tres en la primera y el ancho de basto en la tercera. Nos tocaba a nosotros.


15.


Romina, Andrés y Carlos se sentaron. Romina quedó enfrentada al trillizo del medio, un tipo bajo y de cachetes grandes, de los cuales uno se lucía por un lunar marrón en el medio. Frente a Andrés estaba el más serio y el de pelo más corto. Era bastante mentiroso y le salía bien porque en el rostro no se le adivinaba ni un poco lo que tenía. El que estaba frente a Carlos parecía amable y era excesivamente hablador, además de tener unas cejas llamativas por su abundancia de pelo negro.


16.


El partido venía peleado, ninguno arriesgaba demasiado y se ligaba parejo, no me costó ir conociendo a mis compañeros ni darme cuenta de que se conocían mucho. Los dos tenían un aire de terror, como si se estuvieran enfrentando a algo infinitamente superior y, sin embargo, luchaban por cada punto como si fuera el último. Estábamos iguales y no había más pica pica, que era donde más puntos metíamos porque Romina lo sacaba a pasear al cachetón en todas las vueltas. Con un poco de suerte y buen juego, el partido era ganable, o eso esperaba porque estaba igual o más empecinado en ganar que los pibes, aunque no me jugara nada. “Al fin y al cabo, el último truco de la vida no es poca cosa”, pensé.


17.


Veintidós iguales era el puntaje. El cachetón dio lentamente mirándola fijo a Romina y después apoyo el mazo con un golpe que sobresaltó a Andrea, distraída en el rostro de Andrés, quien parecía estar tramando algo. Carlos era el pie y recibió las señas con un gesto de tranquilidad que la infló a Romina de confianza. Tenían un dos, el siete de oros, el ancho de espadas y el tanto de Andrés, que solo él sabía cuánto era. Les había tocado buena mano y tenían que sacar todos los puntos posibles. Andrés puso enseguida el siete a pesar de que Carlos le había echó señas de que vaya al pie y los dos primeros trillizos dejaron pasar. Cuando le tocó a Carlos, miró las cartas y echó el envido sin preguntar, confiado en la seña que le había hecho Andrés con la nariz.


18.


“Real envido” me respondió casi en voz baja el trillizo más grande, el serio. Acto seguido encendió un cigarrillo. Lo miré a Andrés y sentí como Romina me miraba. Andrés cruzó las piernas y apretó los labios, después apoyó las cartas en la mesa y soltó el falta, subrayando todas las letras, de la “f” a la “o”. El serio tuvo que ir para atrás resignado y el cachetón tiró una sota mientras miraba de reojo el puntaje. Andrés empezó la segunda con un seis de espadas y justo en ese momento pensé que su rostro me resultaba familiar. Estuve unos segundos intentando recordar de dónde lo conocía pero no me salía y volví a concentrarme en el juego. Cuando miré la mesa, los trillizos no habían puesto nada alto, pero jugué callado, sabía que el cachetón iba a hacer segunda porque parecía confiado y jugaba con los dedos de la mano sobre la rodilla.


19.


Carlos puso un dos y “le voy a cantar truco, amigo” dijo el cachetón mientras apoyaba el tres de copas. El que dijo “quiero” fue de nuevo Andrés, sin consultar a nadie. El cachetón tiró una figura y Andrés cantó el retruco, con una sonrisa ganadora. Tres miradas apuntaron al seis de espadas y reflexionaron unos segundos. El cejudo tenía el uno de bastos y por eso le quiso, acordándose de la primera mano. En ese momento Carlos sonrió aliviado, levantó la mirada y vio a los tres espectadores que no recordaba que estuvieran ahí. El que lo estaba mirando era Pablo, porque había percibido su gesto y ahora se acomodaba la bermuda, preparándose para lo que viniera. Andrés puso un ancho falso y al cejudo le cambió la cara. El cachetón lo miró con odio y empezó a mover las manos ansiosamente. Mientras tanto, Andrés sintió un roce en su pierna y, cuando miró hacia abajo, la petunia algo aplastado dormía sobre su rodilla; la guardó. Sobre la mesa, el ancho de basto del cejudo pasó triunfal hasta que quedaba la última carta de la mesa.


20.

Me acordé de todo, de mi mujer, de la tía Marta, de la infancia en el club, de mi padrastro, de la casa de Burzaco. Me acordé del viaje a Mendoza con mi hermano, de mi hija tocando la guitarra cuando cumplí ochenta y de la última vez que vi a mi nieto, en los brazos de su madre. Probablemente me haya rodado una lágrima, no lo sé, pero me acuerdo que lo miré a Andrés y le guiñé el ojo como si lo conociera de una vida.


21.


Carlos pone el ancho de espadas y de repente todo blanco y un fondo desdibujado que se hace gris, edificios altísimos, un perro ladrándole a una señora que canta desde el banco de una plaza con árboles violeta. La mujer sostiene una nota con la boca completamente abierta y el perro se calla, se duerme, la señora mueve la cabeza lentamente y su voz se vuelve cada vez más aguda, la plaza se oscurece y una luz puntual amarilla le tiñe el pelo y las manos. Andrés camina con las puntas de los pies hasta estar junto a la señora, esta no lo mira, Andrés transpira, transpira y le caen gotas del pelo, le toma la mano a la señora y los observa a los cuatro con las pupilas blancas. Martin y Pablo dan un paso hacia él pero una cortina negra como de terciopelo se cierra ante ellos como un telón de teatro; miran a los costados y no logran divisar el fin por lo que comienzan a correr, uno para cada lado, corren sin parar y los zapatos se les salen, el pelo se les cae y van dejando mechones negros sobre baldosas grises violadas por un pasto que crece a cada paso que dan y les cierra el camino. Romina y Andrea aplauden como cantantes de flamenco, la voz de la mujer vuelve y Andrés las llama del otro lado de la cortina, riendo como un loco y gritando de placer. Andrea la agarra de la mano a Romina y la lleva hasta la cortina, luego cuando están frente al terciopelo negro Andrea la mira, la insulta con la mirada y la besa en la boca acercándose de repente, la intenta besar pero sus labios son de algodón y el algodón se deshace con su saliva y se le pega en los labios, Romina la abraza, le besa los cachetes y la va cubriendo de algodón, ella se despega e intenta limpiarse en vano con la manga un pulóver azul que no veía hace meses. Romina le vuelve a tomar la mano y se pasa los dedos por la cara y los cachetes se le pintan de rojo, luego la suelta con furia y corre la cortina de un tirón y ahora un colectivo. Tal vez el 160 o el 51 pero afuera nada, afuera Paris y afuera montañas pero solo ellos tres sentados en los asientos de atrás, Andrea, Romina y Andrés. Los otros dos quién sabe dónde pero no importa. Un silencio sin precedentes, el colectivo por alguna ruta euroasiática andando derecho, un viento exacto moviéndoles el pelo y se acordaron de la chancha, Andrea respiró hondo, la cara se le caía pero no se daba cuenta, la miró a Romina cara roja y se miró los dedos. Sonrió pero su rostro ya estaba en el piso y Andrés intentaba levantarlo con un vaso de plástico mientras le decía que todo iba a estar bien y le agarraba la rodilla que seguía sentada en el asiento. Andrea veía en el techo del colectivo cientos de pinturas con figuras abstractas y firmas de autor. El colectivo frenó y oyeron una voz de adelante que decía “última parada”. Como no bajaban, el conductor se dio vuelta y era el papá de Andrés, el papá de Romina y el papa de Andrea. El tipo enorme se paró y los amenazó con un palo, era gordo, muy gordo y se movía como un oso. Andrés logró levantar el rostro de Andrea justo a tiempo y lo puso en su lugar para bajar enseguida. Apenas pisaron el asfalto, el colectivo arranco y siguió derecho. Nevaba mucho y apenas se podía caminar sobre la ruta.

Pablo había dejado de correr y se apoyó en sus rodillas respirando por la boca, descalzo y sin pelo. A un lado seguía el terciopelo negro y al otro la blancura infinita. Parecía una película vieja hasta que apareció Magali con una remera rosa, una pollera celeste y unas zapatillas floreadas. Pablo levantó la mirada y puso cara de tonto como siempre, Magali cruzaba las manos en su espalda e inclinaba levemente la cabeza. “Viniste” le dijo mientras le extendía la mano, Pablo se la tomo y estaba más bien fría. Ahora a la derecha una orilla que precedía un agua increíblemente cristalina en la cual se reflejaba una partida de truco entre seis viejos de traje. Ambos entraron de la mano lentamente en el agua, sintiendo de a poco como les cubría el cuerpo y como lo que quedaba por debajo de ella cambiaba de textura y de forma. Se metieron hasta la cabeza mientras miraban la blancura y cuando estuvieron hundidos por completo se miraron, Pablo vio en los ojos de ella el dentífrico, verde como siempre y erizándole la piel. De la nariz de Pablo comenzaron a salir burbujas a montones, burbujas grandes y pequeñas que subían sin parar e iban a parar a la mesa de truco donde los viejos las explotaban con bronca. Magali le cerró la nariz sonriendo, el pelo le flotaba hacia arriba como una planta marina y tenía los labios muy rojos. Pablo veía como ella se iba acercando hacia él hasta que cerró los ojos y sintió como las puntas de sus narices se tocaban y ahora como una patada en la panza. Se dobló dolorido y el agua se sentía cada vez más fría. Cuando se irguió no estaban ni Magali ni los viejos, nadó hacia arriba lo más rápido que pudo.

El resto seguía caminando por la ruta, con una corta visibilidad y los pies helados hasta que encontraron a Martín, sentado como indio en el medio de la ruta, de espaldas. Se miraron extrañados y se acercaron lentamente. Se pusieron frente a él y vieron que tenía los ojos cerrados y el rostro muy pálido, parecía estar haciendo mucha fuerza internamente. Lo intentaron despertar hablándole pero seguía en la misma posición hasta que Romina le tocó el hombro y se escuchó un ruido fuertísimo en el cielo. Pablo caía a toda velocidad, con la ropa mojada y gritando de pánico. Su entera corporeidad iba directo a la cabeza de Andrés y este se cubrió instintivamente con los brazos, pero justo antes de que se produjera el impacto Martín abrió los ojos y ahora los tres parados frente al galpón, como si nunca hubieran entrado.


22 y último.


Andrés palpó su bolsillo derecho y estuvo a punto de sacar la flor para sorprender a los otros, pero se dio cuenta de que no era para ellos, ni para él. Volvieron prácticamente sin hablar. Hicieron algunas cuadras y se dieron cuenta de que la casa de la señora del portazo ya no estaba, no les sorprendió mucho. La chancha vino enseguida y había varias personas en ella. Frente a los cinco viajaba un grupo de adolescentes con varios canastos llenos de verdura que se reían y se empujaban. Eso los entretuvo durante el viaje y en el eléctrico charlaron un poco del clima, de las elecciones y acordaron ver juntos el partido de Racing que estaba por empezar. Cuando llegaron a Lomas bajaron todos menos André.

-¿No venís? Voy a hacer unas pizzas- le preguntó Martín.

- No, gracias, voy a lo de mi vieja.- respondió desde adentro y las puertas se cerraron.

Bajó en Burzaco y caminó las ocho cuadras recordando su infancia, oliendo los pinos y viendo los autos ir y venir, con ojos ingenuos. Levantó el clavo que impedía la apertura del portón y pisó, después de tanto tiempo, el pasto de la entrada. Golpeó la puerta de madera y esperó con la petunia en la mano. Desde afuera se oía el sonido de la guitarra.

 
 
 

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