Física
- alenpistone
- 1 mar 2021
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 24 ago 2025
-Cacho.
Cacho no la miró.
- ¿Y si mañana no sale el sol?- completó.
-Espero eso hace rato, Cosita. No haría mas que agarrar el cuaderno e irme.
Cosita no dijo nada pero se le revolvieron las tripas.
- Y el lápiz, claro - concluyó él.
Ella seguía mirando por la ventana y pensó que realmente era posible que eso pasara mañana. El sol se había ido con un gesto de despedida y la nocha era negrísima. De pronto la tristeza la abrazó como a un niño, le apretó todo el cuerpo empezando por el estómago, y salió por los ojos. Pensó que esa debía ser la razón del llanto de los recién nacidos: no tener idea de absolutamente nada. Nunca había oído tanto silencio y eso la hizo destruir su tendencia a homologar el silencio con la paz.
Cacho se sentó en la cama y la miró como un gato. La miro en los ojos un rato y luego enterró su boca en la suya. Le corrió los pelos mojados del cachete y le dijo algo asi como “ya va a pasar”.
- Es increíble como a veces la alegría y la angustia se mezclan como un café con leche. – dijo Cosita, de pronto con una sonrisa.
- Miremos tele, negrita, curemos los males.
Y asi fue, a las diez ya estaban listos para hacer té y fideos con manteca. Dejaron la tele prendida y fueron a la cocina.
- Sería perfecto que me muera ahora. – dijo Cosita mientras llenaba la olla.
- No, que mañana juega Boca,tonta.
- Meh, ¿si no lo pone a Carlitos qué importa?
- Importa el doble, hay que hacer fuerza para que lo ponga. Mira qué técnico nos vino a tocar, mamá.
- Me hiciste acordar, llamó hoy mientras dormías.
- ¿Qué dijo?
- Que está lo más bien, que la Nely consiguió trabajo, que ponga el Canal Nueve y que la llames.
Era increíble todo lo que había vivido, caminó por las calles de siempre figurando a su Yo pasado vagando por ahí, riendo, corriendo, cantando, hablando con Damián (loco de la guerra). El Yo seguía ahí pero era tan distinto a él. Y pensar todo lo que falta, qué hastío, qué aburrimiento, qué miedo, qué ganas de tirarse al sol. Pero seguro en un rato encontrará algo de entusiasmo (odiaba la palabra esperanza), solo tenía que esperar (cosa que solía hacer muy bien pero ahora no tanto).
Murmuró Su nombre con la cara entre las manos, para probar que se sentía decirlo de nuevo, miró hacia adelante y se rio de la idiotez que acababa de hacer.
El sol salió y qué más que la poesía, esa cosa pegajosa que alarga el tiempo y lo adjetiva a sus gustos. Pero tanta poesía es inaguantable, que ganas de que jugara Boca, de escuchar un disco o de salir corriendo.
- Estás tranquilo.– dijo Cosita, alegre.
- No sé, esa película me hizo algo.
- Parece que estuvieras tranquilo.
- Parece que los árboles están quietos, pero se mueven a ciento siete mil kilómetros por hora.- dijo Cacho, fingiendo una indiferencia que sabía que ella nunca le creería.
- Si hay algo que no te rige a vos es la física.
- Me rige la misma física que a los árboles, aunque no me dé cuenta, lo niegue como un chico o trate de extinguirla yendo al cine.- la miró encantado.
- Tu mamá volvió a llamar y no estaba bien. Le dije que estabas durmiendo y empezó a llorar. Dijo que te quiere mucho y que la llames por favor.- dijo ella, que consideraba sumamente práctico cambiar de tema cuando uno se había agotado o no llevaría a ningún lado. “A ningún lado” se quedó pensando.
- A la noche la llamo. Es curioso cómo la gente grande suele ser más proclive al llanto y a la sensibilidad. Uno pensaría que con el tiempo se aprende a tolerar las manías de la vida. Qué suerte que no sea así.
- Qué suerte que falten diez cuadras para bajar.
- Por el contrario Cosita, que suerte sería quedarse acá, que este bondi siguiera hacia el sur sin parar, o hacia el norte, me importa un huevo. Pero que siguiera y yo pudiera soñar mirando por la ventana y que el chofer sea tu primo que es tan alegre y callado. Que vos te quedes ahí en frente y ver las montañas pasarte por el pelo. Que suban unos rubios y digan "hasta cruzando el charco por favor". Y despertar como un náufrago en la isla Marfil, tan soleada y suave.
- Y que haya hamacas paraguayas.
- Si, y que estés vos, negrita.
- Y que estés vos.
Al bajar Cacho pisó un charco de agua y puteó en voz baja porque salpicó su jean nuevo. Caminaron por Perón refugiándose en los aleros. Entraron como dos mojarritas y casi no habían colgado los abrigos cuando Cosita se tiró en el sillón a leer.
Saltarín inesperado, al fin tengo algo. Este llanto que es tan mío y que es entusiasmo, es movimiento. Hermosa alegría mojada: si lloro es porque puedo reír, porque todavía me late algo adentro y seguro no falte mucho para saltar o para volver a llorar, pero hay algo. Hay una posesión y un alivio de niño con su juguete, ese juguete que anhelaba tanto y lo tiene entre las manos y lo excita aunque no lo vaya a usar, aunque nunca en su vida juegue con él y solo lo mire, lo agarre un rato o simplemente recuerde su existencia.
Es mío y ahora puedo ver las cosas de nuevo, la actualidad que estaba tan perdida en esa gelatina sin sabor, que me tenía atrapado y destruía la temporalidad. Gelatina gris dueña de mis secretos, ladrona de quimeras, jefa infinita del desamor: hoy me voy, pero esperame de vuelta porque sin vos no soy, porque siempre vas a existir, porque tu anulación generaría una contradicción horrible.
Lloro y al fin miro el pasado como algo dulce, aceptable y digno con sus carencias; y al futuro como algo incierto, sí, es incierto, maldito antidolor. Ahora los miro a los ojos y veo lo que son, que ganas de arrancarles la gelatina a las patadas.
- Negra, es la gelatina- le dijo lagrimeando. Porque era imposible pronunciar esa palabra sin hacerlo.
Cosita vio su cara empapada después de tanto tiempo y sonrió.
-El café con leche. - le dijo. - Llama a tu mamá, que yo voy a poner un disco.
Cacho casi corrió al teléfono y marcó.
Todavía se puede enardecer con la palabra, Cacho, enardecer y entumecer, provocar e interpelar. Después de todo, después de miles de tipos encerrados en una habitación, sentados frente a un papel vomitando, sin esperanza, gritando con un lápiz, después de todo sigue habiendo más, Cacho. Tres palabras unidas, fonemas, monemas y polinemas por conocer o renovar, por inventar o recordar.
-Qué raro. – dijo Cacho algo extrañado.
- ¿Qué?
- No contesta.
- ¿La chica no se va a las siete?
- Si, pero Lela no se duerme sin el teléfono al lado
- Probá de nuevo a ver. – Cosita pospuso la reproducción del disco.
Cacho marcó haciendo énfasis en cada botón para que el aparato no dude de que marcaba correctamente. El tono tardó en venir y apareció justo cuando él despegaba el tubo para ver qué pasaba. Trato de calmarse mientras escuchaba el tono hiriente.
Contestador. Apoyó el tubo bruscamente.
-No, no atiende.
- ¿Seguro? ¿Marcaste bien?
- Sí, claro que marque bien.
- Capaz que se le rompió el teléfono.
- No habría tono.
- Puede que esté en el baño, vení y tratás de nuevo en unos minutos. Tranquilo.
Pensando, fue al living con las manos en los bolsillos. Ya no tenía sentido poner el disco así que decidieron armar un rompecabezas. Cacho sintió unas cosquillas que le llegaban del vientre, su alegría vespertina se empobrecía por esa posible desgracia latente. Pensó que todo concordaba perfectamente como en una película: cuando el protagonista al fin estaba feliz y en paz esa tragedia ocurrida, posible o no, pero justo en ese momento debía ocurrir. Y allí estaba la pareja alegre armando un rompecabezas en el suelo, mientras… No quería que Cosita notara esa impaciencia y ella no se preocupaba por hacerle saber que sí la notaba. Para lograrlo hacía comentarios sobre el clima o sobre lo tranquila que estaba la ciudad. Cosita propuso hacer café mientras Cacho efectuaba su último intento de comunicación con Lela.
Ella iba con las dos tazas en la mano cuando lo vio pasar como un rayo poniéndose el abrigo.
-Te acompaño. Salieron y tomaron un remis enseguida.
Miraba a Cosita que jugaba tocándose los dedos de las manos unos con otros. Tenía los ojos muy perdidos, se la notaba asustada, pero no de lo que pudiera pasar, sino de qué haría con eso que podía pasar. La amó un poco más, sin saberlo y volvió a mirar por la ventana con los brazos muertos a los costados. Luego notó que el chofer iba demasiado tranquilo, obviamente desconociendo el apuro y le pidió que acelere debido a que se trataba de algo urgente. El remisero asintió luego de una mirada por el retrovisor y aceleró la marcha.
- ¿Les puedo ayudar en algo? - preguntó.
- No es necesario, hombre.- agradeció Cacho
- Seguramente no sea nada.- añadió Cosita rápidamente, y el hombre siguió manejando sin hacer más preguntas.
Las cuadras precedentes estaban algo irreconocibles, olían distinto.
- Que les sea leve.- se despidió arrancando.
La casa blanquísima tenía una luz prendida y las persianas abiertas. Un vecino pasó por delante de ellos indiferente y Cacho lo llamó.
- Néstor.- le dijo.
Néstor se dio vuelta y lo estudió con la mirada, luego sonrió.
- Cachito, que grande estás pibe, no te reconocí.
El abrazo fue más bien frio. Cacho le comentó la situación después de los intercambios necesarios y Néstor insistió en entrar con ellos por cualquier cosa, aunque seguramente no sea nada.
Que lejos está la gelatina ahora. Es hermoso como uno casi nunca sabe qué hacer ante nada. Sin embargo está ese impulso que te empuja aunque no quieras. Ese constate aprendizaje inútil y vertiginoso que cuando lo entendés, ya no sirve, se aprende a vivir los treinta años pero llegan los treinta y uno y no queda más que levantar la cabeza y empezar de nuevo.
Apenas se acercaron a la puerta, Mara apareció enseguida para frotarse en sus piernas. No la acariciaron y siguieron camino.
Con el corazón en la garganta Cacho abrió la puerta de entrada. Entraron despacio, sin saber por qué, como si ese momento debiera pasar sin prisa. En el pequeño living de entrada Cosita tuvo que reprimir sus ganas de quedarse mirando las fotos viejas que tanto le gustan. La tapa del inodoro estaba baja y la alfombra del baño no tenía una arruga. La luz que venia del comedor les llegaba como una garúa tibia que se iba convirtiendo en diluvio. Néstor miraba todo como un espectáculo y Cosita procuraba que Cacho no se pusiera nervioso. Cuando finalmente llegaron al final del pasillo la garúa les lleno los ojos junto con la imagen de Lela sentada en el sillón. Tejiendo y mirando la tele, como siempre. Pegó un grito del susto.
- Pero me van a matar del susto, la pucha. ¿Que hacen todos acá?
Cacho se acercó a abrazarla y Cosita sonrió aliviada mientras Néstor seguía observando, maravillado de algo tan maravilloso como una vieja sentada en un sillón. Que vieja esta la vieja, pensó.
- Carajo vieja, ¿Por qué no atendés el teléfono?
- Malaprendido, acá no sonó ningún teléfono.
- ¿Cómo no? Si te llame mil veces.
- Estará roto nene, que se yo de ese aparato del diablo.
- Bueno no importa Lela, ya estamos acá- dijo Cosita- y que suerte que esté bien.
Lela rio y Néstor hace cuánto no veía a la vieja.
- ¿Pensaron que me había pasado algo?
- Y claro mamá, si no atendés el teléfono.
- Pero te digo que no sonó, nene. Yo estoy perfecta, un poco esta rodilla de miércoles que me duele al caminar. Pero bueno que lindo que estén acá. Mira lo que tiene que pasar para que me vengan a ver, atorrantes. ¿Y vos Néstor, viniste para enterrar a la vieja?
Néstor tuvo que pausar su inspección de los objetos de la mesa para simular una risa y decir que solo quería ayudar por si algo pasaba. Por alguna razón seguía ahí sin retirarse.
- Ay, qué plato estos pibes. ¿Cenaron?
Durante la cena Néstor se puso raramente verborrágico, hablaba del trabajo en el almacén, de su pasado de tenista, de sus hijos y de la relación con su mujer. Era como si se sintiera sumamente cómodo entre ellos tres y aprovechara el momento para descargarse. A su vez, al hablar tenía esa sonrisa que parecía alejarlo de lo que contaba.
Lela estaba alegre por esa cena repentina con su hijo y la nena, siempre tan amorosa. Sin embargo, le molestaba un poco el monologo de Néstor que no la dejaba hablar con los chicos para saber cómo andaban, qué hacían, etcétera.
Cosita escuchaba divertida el discurso del vecino extraño, aunque casi ni prestaba atención a lo que decía. Simplemente disfrutaba la suerte de estar cenando en paz y no estar en quién sabe qué lugar masticando alguna tragedia. La presencia de Cacho a su lado la relajaba.
A su vez Cacho no pensaba en mucho más que en su madre. En lo vieja que estaba. Le miraba las arrugas, los ojos celestes gastados, la piel que le colgaba del brazo y la forma en que servía puré a un ritmo lentísimo. También pensaba en lo vertiginoso y cambiante que había sido el día. Recordó la tristeza que había sentido a la mañana y cómo esa tristeza se transformó repentinamente en dicha, luego interrumpida por el miedo de perder a su madre. Por alguna razón, a pesar del cansancio, no quería que la noche terminara junto con las milanesas.
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