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Despojo

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 23 feb 2021
  • 2 Min. de lectura

Era un domingo de guitarra, silencioso, de sonrisa difícil para él, que no le

gustaba pensar. A la medida para él, que no comprendía casi ninguna de

sus acciones. Pero estaba solo y no necesitaba hacerlo, así que dejó a su

cuerpo ser, lo liberó y casi lo ignoró mientras lo hacía escuchar un disco

nuevo que le recomendó un amigo no muy cercano. El cuerpo semidesnudo aprovechó su libertad temporal para soñar, o para enseñarle a él como sesueña. Él, observaba atento desde otro rincón de la habitación. Podés haber visto cientos de bailes modernos o clásicos, teatros,

monumentos, infinitos circos, zoológicos o plazas o estadios, pero nunca se

habrá visto un cuerpo desplazarse por el espacio con semejante seguridad e

inocencia. Como la copa de un árbol o las olas de noche, como una risa ruidosa o un grito de dolor.

Él sigue cada movimiento con incansable admiración. Él que no es él, ya

no reconoce sus manos ni su pelo, pero no importa. Cada roce con el aire lo

sorprende y lo maravilla. Sigue a su cuerpo a cada instante de su azar

minucioso. Los dedos de la mano derecha pretenden alcanzar algo mientras

él, inútil, intenta controlarlos. Avanzan tan lentamente que el aire ni se

imagina lo que sucede. Siente que sonríe pero nunca podría saberlo. La

mano, segura, alarga sus dedos para tomar, del segundo estante, el cuchillo

carnicero que el padre de su padre le regaló. A su tiempo, cubre el mango

con los dedos gordos de uñas torpes y lo alza, como quien alza.

Ahora sí está seguro, su boca sonríe plenamente, tanto que siente que los extremos casi se unen con las orejas, pero una gota gorda le rueda por la sien. Ahí, vivió un temor sin precedente, y no pudo más que pensar en ese tío que repetidas veces le comentaba cómo el cuerpo lo llega a traicionar a uno con la edad. Él nunca se hubiera imaginado semejante cosa. Sucedió sin aviso, el filo plateado penetró, como una ráfaga, en “su” cuello insensible. Y luego en su ombligo, abriéndolo y exponiendo sus más íntimos secretos rojos. La alegría de los labios nunca cesó, pero las piernas cedieron y el torso también. Y mientras el frío de la cerámica le arañaba la espalda, recordó la imagen de su abuelo paterno, indicándole cuánto cuidado debía tener con cierto elemento filoso.

 
 
 

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