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  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 16 feb 2022
  • 2 Min. de lectura

¿Cómo escribir si las palabras llegan solo con las luces apagadas? Si en esas condiciones el lápiz no ve el camino y siempre es lo mismo: o prendo la luz y me conformo con oraciones mediocres, constreñidas y superfluas o prendo la oscuridad y le digo al lápiz que escriba igual, que haga un esfuerzo, que se tenga confianza. El problema es que, aunque opte por la segunda opción, él siempre me dice que no, que si no ve, todo puede salir mal, que acertarle al renglón es importante, que se tiene que entender y otras estupideces. Si supiera lo poco que me importa todo eso me haría el favor, pero no. Me dice que podría terminar escribiendo cualquier cosa, como la madera del escritorio, la pared blanca o, aún peor, las sábanas floreadas que igual ya están sucias. Me dice siempre lo mismo y no lo aguanto, me enfurece. Por más que le diga que no me importa, él insiste, inamovible en su postura y terminamos peleando, como siempre.

Pero al otro día le pido perdón, le saco punta, lo miro en su vejez inocultable y lo extraño tanto. Lo extraño aunque lo tenga ahí, extraño lo que nos queríamos, extraño como nos mirábamos e imaginábamos un futuro hermoso y un mundo lleno de posibilidades. “Vendrán otros como él” pienso, pero no lo creo en realidad. En el fondo creo que él fue el último; el único y el último, que fue un amor idiota y adolescente, un sueño de juguete.

Entre el silencio de la casa y el silencio de las hojas nos miramos los dos, sabiendo que en el fondo nos odiamos, que nuestra vida sería menos miserable si nunca nos hubiéramos conocido. Yo lamentando mi estupidez incurable, él, arrepentido de su incondicional y fracasada devoción.


 
 
 

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