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Naranja

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 23 feb 2021
  • 3 Min. de lectura

Si hubiese sentido algo como miedo o amor no se hubiera enterado. Se pasó días enteros frente al papel exprimiendo su cerebro como a una naranja cuyo jugo nunca probó. Con cada punto final había algo que se desprendía de él, pero nunca alcanzaba, hacía falta más jugo. Se enfrentó constantemente con sus palabras, con sus puntos y sus comas.

Cuando se levantaba para hacer café o algo así se desprendía un poco de la naranja y podía recordar vagamente tiempos de amigos, fútbol y chicas de ojos negros. Pero esa nostalgia no hacía más que resurgir las ganas de escribir, de hacer ese jugo para que al menos una persona en el mundo lo probara, pero no él, nunca él. Cuando, por minutos, la inspiración se tomaba un descanso, su cuerpo entraba en un vacío incoloro, sus ojos se movían de un lado a otro y sus piernas temblaban. Pensaba a veces en salir de ese estado, de dejar la naranja y salir a tomar aire o a comer, pero al abrir la ventana no lograba más que terminar escribiendo sobre un pájaro cantor, una estrella o algo así.

Nadie sabe cuánto tiempo pasó, lo que se sabe es que después de un punto no hubo más, pudo haber escrito miles de páginas pero después de ese, no había más que una cascara de naranja y un cuerpo vacío. Las manos le dolían de las uñas a las muñecas y la espalda le gruñía con cada intento de enderezarse. Con esfuerzo logró llegar a la puerta, abrirla y pedir el ascensor. Cuando este llegó y abrió sus puertas, una fina mujer de largos cincuenta apareció ante él. Era su madre, aunque tardó algunos segundos en darse cuenta.

- Mamá.- alcanzó a decir, mientras la mujer lo recorría con la mirada.

-Hola hijo.- respondió la madre.

-¿Viniste a verme?- preguntó el hombre acongojado.

-Sí, claro ¿no me dijiste que venga a cenar?

Él no conocía la respuesta pero asintió con la cabeza. La madre se acercó y le apoyo la mano suavemente en la espalda.

-¿Te duele?- dijo la madre y luego le puso la otra mano en el pecho y lo enderezó.

El hombre se dejó llevar temerosamente hasta descubrir que ya no había dolor alguno.

La cascara de naranja seguía seca ahí arriba y la madre lo hizo entrar y sentarse en el sillón. El hombre no se movió un centímetro mientras miraba ese living como si fuera la primera vez.

Su madre fue directamente a la habitación y no tardó en encontrar un cuaderno rojo de tapa dura. Comenzó a pasar hojas vacías y cuando pensaba que no iba a encontrar nada encontró una página con una sola palabra escrita en tinta negra en el centro de la hoja, con letra apretada y firme. Las diez carillas que le seguían estaban excesivamente llenas de palabras encimadas y torpes que la madre comenzó a leer. Sus ojos atentos se pasearon varios minutos entre las hormigas negras que parecían querer escapar del papel.

Al terminar la última frase, la madre miró adelante cerrando los ojos, cuando los abrió y se dio vuelta su hijo seguía sentado en el mismo lugar pero ahora, con una sonrisa en el rostro. Ella se acercó con lágrimas en los ojos, el escritor se paró, la miro y dijo.


 
 
 

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