Las brujas
- alenpistone
- 24 ago 2025
- 20 Min. de lectura
Carla se pasó la vida preparándose para ese algo, pero cuando uno se prepara tanto al fin y al cabo se prepara para la vida, y la vida es ayer, es hoy a la mañana. “Pucha” dijo para sus adentros mientras bajaba del auto, nunca había podido pensar tanto con alguien al lado, siempre dejaba las conclusiones para la noche o para el viaje en tren. Pero Tomás tenía ese aire de paz en sus modos y en su sonrisa que a Carla tanto le agradaba.
Y digo agradaba porque era simplemente eso, un agrado que se rozaba con el amor cuando el momento lo precisaba. Disfrutaba de su presencia como quien disfruta de un café caliente a la mañana, y lo miraba a veces desde lejos, pidiéndole por dentro que no se fuera ni a la esquina ida y vuelta.
Él sí la amaba, o al menos eso creía con cada fibra de su ser y a cada momento. Pobre, casi ni hablaba y cuando lo hacía era torpemente, como si le costara horrores salir de sí. Era muy inteligente para algunas cosas, bastante torpe para otras y demasiado sensible para el resto.
Lo que sucedió es que se encontraron en el momento perfecto. Fue en la puerta de un cine a la medianoche, salían de ver una película italiana de las que aburren a unos y conmueven a otros. Esperaron afuera, compartieron un cigarrillo, después el taxi y después muchas mañanas.
Carla bajó del auto y subió a la vereda rodeando el capot, Tomás no cerró el auto hasta que ella se lo advirtió amistosamente.
Apenas se conocían pero no lo parecía porque caminaban en armonía, con una lentitud prolija los dos y una atención a las cosas pequeñas que los hacía distraerse constantemente. En público eran una pareja común y corriente.
Se mudaron juntos. La convivencia era amena y Tomás hubiese sido plenamente feliz durante ese tiempo de no ser por una pesadilla que lo atormentaba en las noches. Desde su taller de dibujo improvisado en un rincón del comedor, en el cual solía trasnocharse, Carla oía su respiración agitándose progresivamente. A él una casa blanca se le aparecía bajo un cielo gris y nebuloso en una noche de luna. Por las ventanas oscuras no se veía nada pero la puerta está entreabierta. Tomás se acerca sin quererlo, lentamente, caminando sobre un barro pegajoso. Cuando se asoma ve adentro a una mujer vieja y desnuda, de espaldas. Un horrible escalofrío le atraviesa el cuerpo. La mujer mira un cuadro de Goya o algo así, pero no lo mira en realidad. En realidad lo mira a Tomás, lo mira sin interés y con desprecio, como si fuera un pedazo de barro del patio que intenta entrar a su casa blanca. Él quiere salir y volver al barro a esconderse, pero por alguna razón no puede dejar de observar el cuadro, lleno de trazos marrones y negros, bello de lo horrible. “Como si yo debiera mirar el cuadro que no mira la mujer porque me mira a mi en realidad” dice él al despertarse, mientras Carla le hace un té de manzanilla.
Una noche, entrada la madrugada, suena el teléfono. Tomás se despierta, asustado, y Carla se levanta a atender. Es su tía Julieta. La última vez que había hablado con ella fue en el funeral de su madre, al cual la mujer asistió con un misterioso aire de indolencia y parsimonia. Las hermanas estaban peleadas, aunque nadie en la familia sabía por qué, y fue a partir de ese momento que su madre comenzó a enfermar. Ahora, sin embargo, su voz era suave y afectuosa. Los invitó a pasar el fin de semana largo a su quinta, en el campo. Carla aceptó, sabiendo que a Tomás le vendría bien alejarse de la ciudad por un tiempo. Contenta, Julieta le prometió todas las comodidades necesarias y le dijo que tenía una sorpresa para darle.
Era otoño, la casa era muy lejos y el auto iba cargado. Escuchaban música y contemplaban el bello paisaje a su alrededor cuando Carla exclamó, como salida de un sueño: ¡El cuaderno!. Tomás la miró desconcertado.
- Seguro esa es la sorpresa. Me quiere dar el cuaderno de recetas de la familia. Lo hizo mi bisabuela, lo tuvo mi abuela y después mi mamá. Mi tía se lo quedó cuando falleció. Pensé que iba a dejárselo a mi prima… - Carla concluyó el descargo con una sonrisa.
Tomás no hizo comentario alguno y siguieron andando. Después de varios kilómetros de tierra y árboles amarillos, Carla advirtió una tranquera de madera y codeó a Tomás que ya empezaba a dudar de las decisiones tomadas en cada bifurcada precedente. La casa era hermosa y desprolija, casi graciosa por su jardín de zonas tupidas y zonas de tierra. Cuando Tomás divisó la entrada, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. La similitud con la puerta de sus pesadillas era sorprendente. No dijo nada. La tía vivía con su novia, Ariana, que enía un apellido sueco pero era morocha como la tierra. No hablaba casi nunca, al punto que Carla y Tomás no terminaban de comprender si aún no sabía el idioma o si era muy reservada. El parecido de Julieta con la madre de Carla era tal que cuando Tomás la vio tuvo la impresión de ver a su suegra de vuelta con vida. Sin embargo, al primer intercambio, la diferencia con su hermana se hacía evidente. La madre de Carla era de pocas palabras, dulce y delicada. Julieta era jocosa, verborrágica y despelotada.
El primer almuerzo fue divertido, contaron anécdotas y comieron rico, una especie de colchón de vegetales grillados con queso y miel. A la tarde Ariana sacó tres reposeras al patio y preparó limonada. Hacía mucho calor, pero a la sombra de la parra corría un poco de aire. Ariana se ocupaba de atenderlos con una sonrisa en el rostro, llevando y trayendo bandejas de la cocina. Cuando el sol comenzó a bajar, las anfitrionas se pusieron a hacer tareas de jardín. Carla y Tomás se habían quedado dormidos en la hamaca paraguaya, compartiendo un descanso alimonado y renovador. Así pasaron una, dos o tres horas. El cielo se nubló. Iba a llover. El patio estaba ahora vacío y oscuro y la casa parecía más grande en su blancura, despidiendo luz cálida por las ventanas. En la cocina, Julieta está pasando una masa por la pasta linda cuando aparece Tomás, despeinado y con los ojos hinchados. Se para a unos metros de Julieta y esta se dirige a él sin mirarlo, como con un sexto sentido.
-¿Descansaron?- pregunta la mujer.
Tomás quiere responder, pero la simple acción de hablar se le hace extenuante. Tiene la lengua pegada al paladar y le cuesta horrores despegarla. Finalmente, por lo bajo, responde.
-Sí, demasiado.
Julieta, aún ocupada en la masa, lo invita a servirse lo que quiera de la heladera. Él, mientras busca la forma de extender el brazo para agarrar un vaso de agua, nota una luz en el jardín visible a través del ventanal. La luz parece de una linterna y apunta al piso, como buscando algo. La sigue con la mirada hasta que se topa con el reflejo de la luz de la cocina, que deja ver en el vidrio el interior de la misma. Ahora duplicada, ve a Julieta cortando la masa en tiras, sonriendo. Sintiendo una pesadez insoportable, hace un paso al costado para ver su propio reflejo en el vidrio, pero no lo encuentra. Disimulando, para aparentar cordura, levanta el brazo, pero no ve nada. Escalofríos. La vista se le nubla. Sale afuera y mira el patio oscuro, sin un indicio de la linterna. Culposamente se acuerda de Carla, sin recordar dónde la vio por última vez. Cuando sus ojos comienzan a amigarse con la penumbra, divisa la hamaca paraguaya y recuerda los eventos de la tarde. Va hacia ella, ansiando ver el despertar de los ojos de su amada. La desilusión lo atropella cuando encuentra frente a sí el vacío de la hamaca, impregnado con la ausencia de Carla. En ese instante Tomás comenzó a marearse, la hamaca lo atrapó como en un secuestro fugaz y se descubrió acostado allí nuevamente. Antes de cerrar los ojos la vio a Ariana, con una linterna en la mano, sonriendo y apuntándole a la cara. Veía blanco, azul, blanco, azul, hasta que sintió la mano de Carla sobre sus costillas. Se enderezó, enérgico, agresivo.
“Estaban cansados” dijo la voz de Julieta, mientras los miraba con ternura. Él estaba agitado y empapado en sudor. Miró a Carla a los ojos, ansiando encontrarse. Así fue. Ella le acarició el pelo y le dijo que necesitaba una ducha.
Comieron fideos caseros con estofado, iguales a los que hacía la abuela de Carla. Tratando de introducir el tema sutilmente, Carla preguntó de dónde había sacado la receta. “De acá” dijo Julieta, señalándose la sien con una sonrisa. Carla imitó una mueca de risa, confundida.
Jugaron a la escoba de quince, Tomás perdió todas las partidas, menos concentrado en el juego que en dilucidar el sueño de la vigilia, comiendo cada fideo con desconfianza y tomando mucha agua para ir al baño seguido y mirarse al espejo. Carla lo notó enseguida y, más tarde, acostados en la cama matrimonial de una pequeña pero acogedora habitación, le preguntó cómo se sentía. Él intentó arduamente convencerla de que estaba bien, pero terminó diciendo la verdad. Le contó el episodio de aquella tarde. Ella, claro, le hizo un té de manzanilla y le dijo que todo iba a estar bien, que solo fue un sueño, etc.
Mirando al techo, se quedaron charlando.
- ¿Qué onda ella con tu mamá?- preguntó Tomás.
- Eran muy unidas. Mi abuelo siempre contaba que de chiquitas se la pasaban todo el día juntas, que se iban a jugar al bosque y a veces tenían que salir a buscarlas de noche, con los vecinos. Estudiaban juntas, salían juntas, hasta compartieron un novio.
- Pero si tu tía es…
- Sí, bueno, eran chicas, adolescentes creo.
- ¿Y por qué se pelaron?
- No sé. Nadie sabe…
Tomás se acomodó con los brazos en la nuca y cerró los ojos.
- Podrías preguntarle.- dijo.
Ella no respondió.
A Carla le costó dormir esa noche. La siesta en la hamaca había sido demasiado larga y, a pesar del agradable viento que entraba por la ventana y el ritmo adormecedor de la respiración de Tomás, sintió que el insomnio empezaba a invadir cada fibra de su ser. Intentó, en vano, poner la mente en blanco. Miró cada rincón del techo azulado por la luz de la luna, observó cada curva del rostro de Tomás, sintió la textura de la almohada, de las sábanas y de su pelo. Cada sensación la anclaba más al presente, a la consciencia física y espiritual de estar despierta. El silencio ensordecedor la obligó a levantarse de la cama y, como guiada por una ajena intuición, fue a la cocina. No hay nadie y todas luces están apagadas, pero se oye el microondas andando. Ella se acerca para apagarlo pero antes de llegar escucha el sonido de finalización, cuatro pitidos ensordecedores que deben haber despertado a toda la casa. Intentando no hacer más ruido, abre con cuidado. Adentro no hay nada. Extrañada, se da vuelta e intenta recordar qué fue a buscar. Su cabeza funciona como en cámara lenta, recuerda salir de la habitación como un suceso difuso y distante. Ante la confusión, toma un vaso para servirse agua. Al acercarse a la canilla, tiene una amplia visión del patio, iluminado por varios reflectores que salen del piso. El viento mueve las copas de los árboles y los arbustos. Está por llover. Una pequeña luz se mueve por el pasto. Carla se acerca a la ventana e intenta divisar su fuente, pero en ese momento se vuelve más brillante, obligándola a entrecerrar los ojos. Intentando tapar la luz con una mano y sosteniendo el vaso con la otra, insiste en su hazaña de observar el origen de este extraño resplandor, pero este se vuelve más y más brillante. Ella deja caer el vaso y este se estrella contra el piso, rompiéndose en mil pedazos. Es ahí, en el momento en que sus ojos apuntan a los pedazos de vaso desparramados, cuando ve los pies descalzos, blancos y arrugados, apuntando a su persona. Con la boca abierta en el ahogo de un grito, se da vuelta para encontrar el cuerpo anciano y despojado de su tía, dirigiendo hacia ella la blancura de cada espacio de su piel, como si aquella luz se hubiera transformado a una forma humana. Julieta sonríe y Carla intenta concentrarse ahí, en su sonrisa, en vez de en sus senos chatos y asimétricos que cuelgan impúdicamente. Por la posición de sus brazos, Carla sospecha que su tía oculta algo detrás de la espalda. El pánico invade su cuerpo y la deja inmóvil, sometida a una eterna espera durante la cual observa uno a uno los dientes amarillos de su tía. Siente un intenso anhelo de observar los ojos de esa mujer, siente que esos ojos la llaman, que le hablan a gritos, pero ella, presa del terror, solo puede concentrarse en la boca. Con un movimiento suave y delicado, la mujer revela lo que esconde. Es el cuaderno con las recetas de la familia. Sin decir nada se lo ofrece a Carla, que lo acepta más desconcertada que agradecida. Luego, con un gesto maternal, la acompaña a su habitación, donde ella se acuesta con el cuaderno entre sus brazos y es arropada dulcemente.
Despertaron tarde. A la vez. Tomás se levantó al baño y Carla, recordando los sucesos de la noche anterior, buscó, sin éxito, el cuaderno entre las sábanas. Unos segundos después comenzó a reírse de su propia insensatez. Nunca antes había confundido un sueño con la realidad. Era una sensación peculiar.
La mesa del desayuno parecía un banquete real. Pan, galletitas, medialunas, budín, todo casero. El aroma era un deleite sensorial. Ariana los recibió con un mate. Desde el baño principal se oía el sonido de la ducha corriendo. Comieron mucho, estaban hambrientos. Ellos comían en silencio y con cautela, aún recelosos de sus peripecias oníricas. Cuando Julieta salió del baño estaba alegre y servicial. Le reprochó a Ariana no haberles ofrecido café, pero ellos insistieron en que estaban bien con el mate. Comió con orgullo sus delicias culinarias, mojando las medialunas en el café. Carla quería preguntar por el cuaderno, pero tenía miedo de llevarse una decepción. Si se lo quería dar, se lo daría. Si no, que se lo guarde, aunque en realidad creía fervientemente que era lo más justo recibirlo. No solo lo justo, sino lo que correspondía. Así estaba, absorta en sus pensamientos, cuando escuchó el gemido de dolor de Ariana. La morena torció la pierna con la ayuda de sus manos para mirar la planta de su pie descalzo. De allí sacó un pedazo de vidrio y, al hacerlo, un chorro de sangre comenzó a brotar. Julieta se levantó apresuradamente y la llevó al baño, cerrando la puerta. Carla se paró y agarró el pedazo de vidrio del piso.
-¿Qué hacés?- preguntó Tomás.
No respondió. Con el vidrio en la mano, abrió el tacho de basura. La bolsa estaba recién puesta. Rápidamente salió, cruzó el jardín, abrió la tranquera y se acercó al canasto de basura. Vacío. Tomás la miraba desde la ventana, confundido. La puerta del baño se abrió y él se dio vuelta., Solamente salió Julieta, turbada, exagerando una sonrisa fingida.
- ¿Y Mari? - preguntó.
- Salió… está buscando los anteojos.
Carla entró abruptamente por la puerta y miró a Julieta, que la esperaba con una expresión que oscilaba entre la amabilidad y la amenaza. La tensión crecía mientras Carla miraba a su tía, imaginandola desnuda frente a ella como hace apenas unas horas. “No es posible” pensó.
-¿Terminaron de desayunar?- preguntó la anfitriona con una sonrisa.
- Sí, muchas gracias.- respondió Tomás, educado, y se dispuso a levantar la mesa, lo cual Julieta impidió enfáticamente.
-Vayan a recorrer el pueblo, que hay unos lugares hermosos para conocer. Nosotras los esperamos con el almuerzo. Vayan, vayan. - insistió la tía.
Ellos fueron, coincidiendo tácitamente en que sería mejor salir de esa casa.
El pueblo era, en efecto, muy pintoresco. Casonas llenas de flores, sin rejas, buzones coloridos y calles de tierra. Un perro callejero se les unió todo el camino. Pasaron por una pequeña Iglesia y entraron sin dudarlo, los tres. Ninguno era católico, pero disfrutaban de visitar cada Iglesia que se encontraban. Esta era humilde pero conservaba el efecto trascendental. Allí, sentados frente a un Dios ajeno, la reflexión afloraba.
- Ayer tuve una pesadilla. - soltó ella.
- Siempre copiándome. - bromeó él.
-Sí, de hecho fue bastante parecida a la tuya. ¿Vos dormiste bien?
-Sí, por suerte. ¿Muy fea?
- No. En realidad fue linda.
- Si es linda no es una pesadilla.
- Sí, no sé… - vaciló Carla.
Observaban la grotesca figura de Cristo sin vida, con la carne vencida y la sangre brotando de sus pies, como lo hacía hoy del de Ariana.
-Quisiera creer en algo.- dijo él.
A la vuelta se sentían más ligeros. Entraron a la casa con fé de que todo mejoraría. En el almuerzo se deleitaron con un pastel de papa, idéntico al que hacía la abuela de Carla, que esta vez tuvo el coraje de preguntar por el cuaderno. Evasiva, Julieta dijo que lo debía tener por ahí guardado.
A la tarde, Tomás se recostó a leer en una reposera debajo de la parra y Carla desparramó sus lápices de dibujo en la mesa del quincho. Casi despojada de su mano derecha, comenzó a ilustrar el cuerpo de aquella mujer con la que soñó, quizás para borrar la imagen de su mente y verterla en el papel. Un rayo de sol porfiado atravesó las ramas y comenzó a entibiar pacientemente el vientre de Tomás. Ursula, la gata de la casa, se acomodó entre sus piernas. Desde donde estaba, Carla los veía con una sonrisa. Se dio cuenta cómo el cuerpo de Tomás iba cayendo cada vez más pesadamente sobre la reposera. También podía ver la porción de patio en la cual el pasto, por alguna razón, no crecía. A ese preciso lugar se dirigió Ariana, cargando una especie de instrumento negro de forma ovalada. Sin mirar a Carla ni a Tomás, se sentó en el piso con las piernas cruzadas y apoyó el objeto en el piso. El aire se inundó de una sedante melodía, a la vez que Ariana golpeaba las porciones del instrumento con la palma de la mano. El efecto fue casi inmediato. Tomás cerró los ojos y un espiral gravitatorio de colores empapó su consciencia. “Tomi… Tomi…”. Despertó y encontró, excesivamente cerca, el rostro de Julieta, susurrando su nombre. “Necesitamos tu ayuda”, dijo, como si él fuera alguna especie de héroe. Guiado por el brazo de la tía de su novia, caminó por el patio ahora oscuro e indiscernible. Atravesó una gran distancia, al punto que dudaba que siguieran en el terreno de Julieta. A cada pregunta que hacía, la mujer respondía de la misma forma: “Necesitamos tu ayuda”. A su alrededor no había más que pasto y un cielo negrísimo lleno de estrellas. Por fin divisó algo, un cuerpo, una forma blanca fluctuante. Es Ariana, envuelta en un camisón. Mira al piso, inmóvil. Una vez junto a ella, Tomás sigue su mirada y ve que frente a ellos hay un pozo. Un oscuro agujero de unos dos metros cuadrados que parece infinito. “Hicieron el pozo pero todavía tienen que venir a poner el tanque.” explica Julieta. Tomás levanta la cabeza y las mira, controlando el peso de su cuerpo para defenderse de un eventual ataque. Ellas miran abajo, Ariana con una seriedad impenetrable, Julieta sollozando. De pronto se oye el largo y suplicante maullido de un gato. “Ursula se debe haber caído persiguiendo un pájarito. Pobrecita mi amor.” Otro maullido desgarrador llega desde el agujero. “Nosotras no podemos. Imaginate que si bajamos no salimos más. Ay, ¿nos harías el favor Tomasito?”. Él vuelve a mirar a Ariana, impasible, contemplativa y luego a Julieta. Ve en sus ojos aguados el reflejo de la luna. “Bueno” dijo, simplemente. “¿Por qué no llamamos a Carla para que m…?” El gato lo interrumpe, soltando un sonido que parece más el aullido de un lobo que otra cosa. Ariana sigue sin mirarlo, concentrada en el pozo, como si observara algo en esa oscuridad absoluta, o como si estuviera en penitencia. “Por favor.” repite Julieta, y Tomás dobla sus rodillas para ver la eternidad más de cerca. “No es tan profundo.” dice, alentándolo, su tía política. Es cierto. Una vez arrodillado, Tomás puede ver el fondo del pozo. Luchando a muerte con su pavor, se desliza por la tierra. Ahí adentro el piso es barro y hace frío. El gato negro no es fácil de divisar, Tomás siente que busca una aguja en un pajar, arrastra los pies y acerca las manos al piso, intentando tocarlo. Como un destello, capta el brillo de sus ojos amarillos, lo alza y exclama animado: “Lo tengo”. Pero cuando mira arriba ya no hay nadie. Grita el nombre de ambas y retrocede hasta tocar la pared trasera. No ve ni escucha nada hasta que una sombra dispersa y fugaz cruza el cielo. Luego otra. Se da vuelta. Ariana sostiene una pala y afanosamente arroja tierra al pozo. Tomás siente de golpe la rigidez de cada músculo de su cuerpo. El gato huye de sus brazos y sale del pozo con dos saltos. No sabe cuál fue el orden de los hechos, pero convertido en una masa de adrenalina, bronca y desesperación, corrió, saltó, gritó, cavó y lloró. Ariana seguía con su labor, indolente y desganada. Él estaba arrojando un alarido desgarrador al cielo cuando la boca se le llenó de tierra y despertó tosiendo. Ursula escapó asustada de su regazo.
“¿Estás bien?” preguntó Carla desde su asiento, con el retrato casi terminado. Le faltaban los ojos. Por alguna razón, no podía terminar los ojos. Dibujó y borró hasta el hartazgo, pero seguían inconclusos. Tomás no respondió. Se levantó de su asiento envuelto en ira y miró alrededor. El sol se estaba escondiendo y no había un ser vivo avistable. Fue hacía la casa a paso apurado y en la galería chocó con Ariana, que lo miró con sus ojos fríos, sin decir nada. Se quedó parado allí, frente a frente, interrogándola con la mirada, hasta que sintió la mano de Carla en su espalda. “¿Qué soñaste?”
Cerró la puerta de la habitación y, sin preámbulos, expresó su necesidad de dejar lo antes posible ese lugar. Comprensiva, Carla dijo que inventarían una excusa y partirían al día siguiente, a primera hora.
Cenaron en silencio. La exquisita comida no recibió comentario alguno y los jóvenes evadieron cada intento de conversación que Julieta egrimió. Cortando el último pedazo de lasagna, Tomás vio que la uña de su dedo índice guardaba un rastro marrón e incuestionable del combate vespertino. No dijo nada. Solo pensaba en partir, esa noche no dormiría y saldrían con el primer rayo de sol.
-Prometeme que no te vas a dormir.- suplicó él, desde el baño, mientras Carla acomodaba las almohadas.
-Te prometo.- dijo ella.
Pasaron horas recostados, mirando el techo a la espera del amanecer, con el velador prendido, para que ninguno cayera en la tentación del sueño. Cerca de la madrugada a Carla se le cerraban los ojos, así que fue a lavarse la cara al baño. El correr del agua la hizo consciente de la sed que tenía, pero recordó la prohibición de beber agua de la canilla. Tendría que ir a la cocina, nada malo podía pasar. En realidad, nada malo había pasado hasta ahora.
-Voy a buscar agua.- dijo, a secas.
Tomás se incorporó para mirarla bien. La analizó.
-No tardes.
La ventana del living estaba abierta y entraba frío. Carla se acercó a cerrarla y cerró fuerte los ojos al oír el chirrido de las bisagras contrastando con el silencio de la casa.
Lo sintió apenas colocó el vaso bajo la canilla. Había alguien detrás de ella. Sabía que debía darse vuelta eventualmente, pero lo demoró lo más que pudo, llenando el vaso con el hilo de agua más fino posible. Juntó fuerzas y giró, convencida de que vería a la misma mujer que la noche anterior. Así fue. Su tía sonreía con todo el cuerpo desnudo, parada a dos metros de distancia. “Los ojos” pensó ella, dispuesta a enfrentar todo temor con tal de concluir ese retrato y encontrar la respuesta a una pregunta que nunca formuló. Sus ojos se encontraron con los de esa mujer y en ese instante supo, con cada molécula de su ser, que estaba parada frente a su madre. Su visión se vio sumergida en una pecera de lágrimas. Corrió a abrazar a su madre, quien la recibió con el ademán que Carla tanto añoraba. Se quedaron así, fusionadas,
hasta que su madre la apartó suavemente. “El cuaderno…” dijo. Carla asintió con la cabeza, comprendiendo todo de un tirón. “En el vestidor de la pieza, atrás de los sacos, tiene un baúl con cosas mías. Ese baúl tiene un fondo falso que tenés que levantar. Ahí está.”. Carla parecía no haber oído porque no hacía más que observar a su madre con la mirada perdida y una amplia sonrisa.
La puerta de su habitación se abrió y los pasos de Tomás resonaron en su cabeza. Estaba ojeroso y asustado.
-¿Todo bien?- preguntó.
-Sí, sí. Estaba…- Carla giró la cabeza nuevamente hacia su madre pero ya no estaba.
En la cama, Tomás besó a Carla y sintió lo salado de sus lágrimas. Ella tardó varios minutos en recomponerse. “Tenés que ayudarme con algo” dijo, apenas fue capaz de hablar.
El sol salió y ellos estaban más despiertos que nunca, dispuestos a desafiar al destino. En términos fácticos, el peligro era nulo, pero desde su punto de vista, la tarea era heróica. Tenían miedo, pero se sentían llenos de valor y osadía. Planearon el hurto con lujo de detalles, como si fuera el robo de un banco. A las ocho, cuando escucharon el sonido de la ducha, salieron de la pieza, interpretando un torpe papel de recién levantados. Ariana los miró indiferentes, mientras hacía el desayuno. Como no había pasado antes, Tomás se acercó y le brindó su ayuda, proponiendo, además, varios motivos de charla. “¿Hace cuánto vivís acá?” “¿Cómo se conocieron con Juli?” “¿Probaste tirarle un chorrito de leche a los huevos revueltos?” “¿Querés que corte los tomates?”. Ariana contestaba brevemente, sin perder la cordialidad, pero sin esbozar ni media sonrisa. De reojo, pispeaba los movimientos de Carla, que buscaba el momento justo para meterse en la pieza de su tía. Tomás tiró una cuchara llena de mermelada al piso y se agachó a limpiarla al mismo tiempo que Ariana, incomodando su tarea. La ladrona se escabulló rápidamente. La pieza era oscura y la cama estaba hecha a la perfección, con más de diez almohadones arriba, todos de distintos colores y texturas. Contra un rincón hay un espejo viejo dorado, con los bordes gastados. Carla ve su reflejo en él y nota las secuelas de no haber dormido en toda la noche. Pasando el espejo está el vestidor, un pasillo angosto con estantes y perchas a ambos lados. Todo parece sucio y polvoriento a diferencia del resto de la casa. Carla localiza los sacos y mete la mano entre ellos. Toca el baúl y lo saca con cuidado. Es antiguo, de madera. Intenta abrirlo pero se da cuenta de que está cerrado con llave. No tiene tiempo de lamentarse porque de repente, con un fulgor efímero y remoto, algo en ella cambia. Siente, en todo el cuerpo, una sensación de liviandad increíble. Su mente entra en un placentero estado de armonía, percibe la tibia sangre corriendo debajo de su piel y el sútil peso de sus brazos a los costados, mira alrededor y siente que, por primera vez, ve el mundo como es. Sin pensar, simplemente haciendo, abre el primer cajón de la cómoda y busca entre pares de medias y bombachas. Cada roce de sus manos es una caricia, cada respiración un deleite sobrenatural. Toma un par de medias rojas desteñidas, lo abre y la llave cae al piso, haciendo ruido contra la madera. No le importa, sabe que todo estará bien, que ya lo está. Gira la llave en la cerradura y, como una ráfaga arrasadora, el miedo vuelve a apoderarse de ella. “La ducha” piensa, y agudiza el oído, el agua sigue corriendo. Cautivada por los recuerdos de su madre, Carla desvía su atención a los objetos del baúl: cartas, cuadernos, muñecas, diges y piedras. Todo le resulta ajeno y a la vez tan propio que necesita tocarlo, apreciarlo. “¿¡Ya saliste?!” pregunta Tomás desde la cocina, exageradamente alto, “Quería preguntarte una cosa…”. No sabe si la estrategia de su novio funcionará para retener a Julieta, pero debe apurarse. Tira de una pequeña soga en el fondo del baúl y este se levanta para dar acceso al anhelado cuaderno. Lo había visto tantas veces en las manos de su madre, la tapa dura, roja, las hojas amarillentas. Sosteniéndolo casi podía sentir el olor a budín recién hecho. “Eso no es tuyo” dice la voz de su tía, hiriente, a sus espaldas. La sangre se le hiela pero se pone de pie para enfrentarla. “¿De quién entonces?” responde, en un arrebato de coraje. Julieta, en su camisón blanco impoluto, la mira directo a los ojos y levanta siniestramente las cejas. Ella siente que la sangre se le hiela, la piel se eriza, y la vista se le nubla. Sus dedos pierden fuerza y dejan caer el cuaderno a sus pies. No puede hablar, no puede moverse, su cuerpo ya no le pertenece. “Gracias.” dice Julieta, perversamente. Luego se acerca a centímetros de su rostro y sonríe. “No se toca lo que no es de una, ¿sí?”. Sin advertir el tacto, Carla observa las largas uñas de su tía recorriendo su brazo. “Sos tan parecida a tu madre…”. La uña de Julieta se hunde en el brazo de Carla, desgarrando la piel poco a poco. “A vos no te gusta que meta las manos tu preciado bracito, ¿no?”. Pero esas fueron las últimas palabras que salieron de la boca de Julieta esa tarde. Un estruendo metálico sacó a Carla del hechizo y, creyendo que deliraba, vio el pecho de Ariana contrayéndose y volviéndose a inflar. En su mano había una pesada sartén de hierro. Fue la primera vez que la vio sonreír, mientras apreciaba el cuerpo inmóvil de Julieta en el piso. Salió de la habitación y encontró a Tomás sentado en la mesa mirando al frente, ido. Intentó hacerlo reaccionar, pero Tomás seguía en la misma posición, hecho una piedra. Intentó hablarle, mojarle la cara, hasta le pegó una buena cachetada. “En un par de horas va a estar bien.” dijo la voz de Ariana, mientras salía de la pieza con un bolso en la mano. “¿Me llevan?” preguntó luego. “No sé manejar”. “Yo sí” resolvió la morena, que parecía ahora una persona completamente distinta.
Carla y Tomás veían caer las últimas hojas del otoño por la ventanilla, mientras una extraña los alejaba de la pesadilla más real que habían tenido.
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