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Mariel quería ir a la plaza

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 23 feb 2021
  • 3 Min. de lectura

Si esta tarde fuera otra Mariel estaría ya en la plaza con Carmín, pero esta tarde es esta

tarde y Mariel no encuentra las llaves del departamento. Si hubiese comprado el llavero

que vio en ese local de la vuelta solo hubiese bastado con agarrar las llaves y abrir la

puerta. Pero las llaves no aparecen y Carmín espera inquieto. Mariel ya buscó en la

cartera, en la mesa y en el desayunador. Hasta buscó en el living, a pesar de no haberlo

pisado en todo el día, porque no vaya a ser que una simple falla de la memoria la hiciera

perderse el sol tan limpio de esa tarde de jueves.

El frío hace a la plaza un lugar menos concurrido y eso es lo que a Mariel más le gusta de Junio. Cómo deseaba estar ahí ahora, sentarse en el banco, prender un cigarrillo atrás del otro y ver jugar a Carmín tan contento de ingenuidad. Pero no hay tiempo para deseos, hay que encontrar la maldita llave que dónde la habré metido, si seré despistada, ya vamos

Carmín, quedate quieto.

Son las cinco y media y Mariel ya buscó en el baño, abajo de la cama, en la heladera,

atrás de la radio, arriba del calefón, entre los libros y en el cajón de los cubiertos.

Carmín está acostado y mira de reojo a Mariel que suelta insultos al aire, cosa inusual

en ella, pero más que entendible.

Seis y cuarto, el enojo se fue y ahora toma nuevas formas. Mariel se sienta en una silla

del comedor y piensa que ya es hora de buscar otra solución, la inútil perseverancia no

va a ayudar en nada. Si hubiese escuchado a su hermana y hubiese comprado un

teléfono sería tan fácil como marcar y llamar a Daniel que tiene una copia o en su

defecto al cerrajero. Que tonta fui, terca, cabezadura, idiota. ¿Qué voy a hacer? Tiene

que estar, no puede ser.

Seis y media, la salida a la plaza está oficialmente frustrada y la idea le trae a Mariel

una decepción creciente. Además la cosa no es broma, hasta Carmín parece algo

afectado aunque no entienda qué corno pasa que no vamos a la plaza. Mariel va al baño

y se lava fuerte las manos, se mira en el espejo y se ve distinta a la de la mañana, los

ojos especialmente, como vidriados. Carmín llora y Mariel lo consuela cariñosamente;

tranquilo chiquito, venga con mamá.

Ocho de la noche y Mariel está pensando que sí, que no le queda otra, que tendrá que

hacerlo por mas vergüenza que le de. Mañana tiene que ir a trabajar y no puede seguir

esperando una solución imposible. Gritar por la ventana, sí, seguro alguien va a

escuchar y la va a ayudar, aunque el centro de Las Lomitas no es conocido como un

lugar silencioso ni mucho menos ¿Se escuchará hasta abajo diez pisos? No importa, lo

tenía que intentar. Se levantó convencida y rápida pero cuando abrió la ventana sucedió,

sucedió y Carmín lo notó un segundo antes. El silencio envolvió a Mariel en un miedo

electrizante, no logró asomarse ni mover un dedo hasta que volteó y miró a Carmín que

ahora estaba parado y mirándola con sus orejas paradas valientes. Se inclinó adelante y

bajo la cabeza. Nadie, ni un alma, imposible, no puede ser ¿qué está pasando? Lomas de

Zamora era un vacío profundo y ahora el departamento también. No hay explicación

lógica, Carmín, cinco años viviendo acá y nunca, pero nunca. Nadie, esa palabra rebota

en la cabeza de Mariel mientras recorre con los ojos las calles vacías. Un hola absurdo

se perdió rebotando entre los edificios.


Lo que sigue es difícil y confuso de relatar. Mariel yendo a buscar el matafuego y

dándole con fuerza al picaporte, Carmín meta ladridos y la puerta cediendo de a poco.

El ascensor que no venía, los diez pisos como volando sobre la escalera y al final los

dos como hormiguitas en ese mar gris y celeste.

Lógicamente la precaución de agarrar un abrigo no pasó ni cerca de la cabeza de Mariel,

por lo que el frío ahí abajo empezaba a entrar por los huesos. Mariel camina sigilosa,

cómplice del silencio absoluto y Carmín no se despega un centímetro. Nadie, hicieron

media cuadra hasta el locutorio, entraron (nadie) y Mariel llamó a Daniel, a Sandra y a

la tía Chola, el sonido de cada tono era ensordecedor y a la vez reconfortante. Nadie. Se

sentó y miró a Carmín que ya la estaba mirando, él en sus ojos y ella en los de él. Tantas

preguntas que no iban a intentar responder, que no les importaba. Esperaron un rato

hasta salir de nuevo al gris frio.

Ahora se paran sin apuro y caminan la media cuadra de vuelta. El ascensor, que ya está

abajo puertas abiertas, llega al décimo, deja a los pasajeros y se cierra despidiéndose.

Carmín da un par de vueltas y se acuesta. Mariel pone la pava, abre las cortinas, se

sienta mirando afuera y prende el cigarrillo.

 
 
 

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