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Carta anónima

  • Foto del escritor: alenpistone
    alenpistone
  • 16 ago 2022
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 24 ago 2025

Con muchísima estima, 

no encuentro la posición en la cama, estoy dando vueltas como un perro en su cucha. Anda pa´ allá, me dijeron. Y en la cucha, todo mojado y sucio, me acuerdo de vos. Ayer es el último día de mi vida, no lo voy a olvidar. La colección de monedas de mi vieja siempre me ayuda a dormir, pero hoy no, hoy me trae recuerdos. Son tres monedas y cada una me dice un poquito de ella. Me quedo mirándolas por horas. Son de plata, pero no las quiero vender, me aferro a ellas estúpidamente, esperando algo imposible. Creer demasiado en la suerte, eso puede ser.  Ser un viejo de mierda y no entender un carajo de nada. Perdón. Pensé que vendrías la semana pasada pero recién ayer recibí tu carta. Parece que hubo un error en el correo y se les traspapeló, tuve que exigir hablar con el gerente porque insistían en que no había salido nada. Pero yo sabía que debía haber un error. Me trataban de loco.

Lo sabés, nací en la cola de un piano lleno de polvo, tosiendo en silencio y llorando un bandoneón. La vida me mintió, querida, no sé lo que es ser yo. Ahora es tarde.

Mentí con lo de mi vieja. En realidad no tengo recuerdos de ella. Miento, tengo uno nomás. A la gente le digo que son dos o tres, les digo que hay uno en un auto, andando por un camino de tierra con pinos a los costados, les digo que me mira y sonríe, que el sol brilla entre las ramas y que después llegamos a una casa grande, con muchas ventanas, que me dice que me ate los cordones pero que después no hay más nada. Ahí me quedo callado y los miro, es gracioso, no sé, se quedan como pensando. Yo, mientras, me termino el vaso de lo que tenga, me ato los cordones y me persigno. Me miran. En el verdadero recuerdo sus manos pesadas me dan vuelta la cara una y otra vez. Había vuelto tarde de jugar. Siempre vuelvo tarde. Llego tarde y vuelvo tarde, las dos cosas. Qué idiota. 

Ahora me echan de los bares, me despierto con el sol, lloro de risa y río de llanto. Pero en Buenos Aires estoy cómodo porque nadie me ve y además hay cada loco que me meo de la risa. Hay tantas cosas en Buenos Aires, tantas, tantas cosas che. Entonces salgo, piso la calle y le digo al portero “cuántas cosas que hay”, el portero no me llama nunca por mi nombre, me dice “amigo”, “compañero” o “viejito”. Vivo en la diagonal, a una cuadra de Cristobal. A veces nos vemos. Cuando lo cruzo nos quedamos charlando, aunque siempre anda apurado el compadre. Los viejos amigos no mueren nunca. 

Entonces salgo y hay tantas, tantas cosas, que el día se pasa volando. Las bocinas me hacen reír, las luces de los semáforos me deslumbran, las plazas me hacen soñar, me acuesto en el pasto mirando al cielo y me acuerdo de mis otros cuerpos, de mis amigos, de la copa de vino en mi mano. Entonces las miradas de arriba me caen como agua, me mojan la cara y yo me limpio con la manga del saco mientras me río, me río sin parar y las miradas aumentan, alguna que otra moneda. Mis cuerpos me llaman, les digo que no, que estoy en Buenos Aires, que el tango no se murió, entonces canto, y les digo “¿vieron que no se murió?” les grito “¿vieron que no se murió, hijos de puta? Ella tenía razón.”. Y me acuerdo del pibe de rulos y me río y me acuerdo de él y me levanto, y muevo las piernas en el lugar, para sentirlas. Y siento el peso de la copa de vino en mi mano, y corro y esquivo a la gente como si fueran ingleses, y las miradas me llegan como gritos de euforia fascinados. Tango, mierda y fútbol. Colón me mira, firme. Tantos abogados, tantos pasos, tantos relojes, tantas bocinas, columnas y corcheas. 

Hasta que, de pronto, vuelve el recuerdo de mi vieja, de mi vieja en ese auto viejo, de su mirada perdida en el camino y su sonrisa dolorosa. Mi madre gira hacia mí y ve que la estoy mirando, extiende su mano blanca y me acaricia el pelo suavemente, me lo corre de la frente. Yo observo el camino, los árboles pasan y pasan, el calor del sol entrando por el parabrisas me tranquiliza y me da sueño, mucho sueño y mi cabeza se apoya contra el vidrio, pero no quiero dormir, quiero estar acá, andando. Entonces el recuerdo se hace más nítido, más y más nítido, más claro en el sonido de las copas chocando, más claro en las arrugas de mi madre, más dorado en el respaldo de su silla, más ensordecedores los murmullos, más doloroso mi reflejo en el espejo redondo del pasillo. La botella se rompe contra la estatua de la plaza y el ruido me hace salir, me moja de nuevo en esas miradas de aprobación y en esas sonrisas eufóricas. 

Vos me tenés que entender. 

¿Sabías que murió apenas una semana antes del gol a los ingleses? Yo creo que si Borges estaba, el Diego no lo podía hacer. No sé por qué, pero estoy seguro. Narrativas incompatibles. 

Mientras el uniformado me llamaba yo chasqueaba los dedos al ritmo de algún rock. Moviendo el pie inocentemente, me reía del reto que se me venía, mi padre siempre fue un tipo duro. Nunca me pegó, pero te hacía entender. Mi madre, perdón. 

Entonces ahí estaba con el codo en la rodilla, la cabeza en el codo, el pelo en la cabeza, la rodilla en el tobillo, el tobillo en el pie y el pie en la alfombra roja. Con una sonrisa inevitable a mi izquierda, lejana, ocultando los dientes blanquísimos. Y el uniformado me llamaba y me llamaba y yo chasqueaba y él me llamaba y yo chasqueaba y así. Fue una tarde larguísima pero a la noche estaba en casa de nuevo. No me costó nada dormirme, hice buen dinero. 

Lo lindo fue que me levanté con música, lo malo es que era un piano desafinadísimo y chiquito. El pibe cantaba en un idioma horrible y movía la cabeza como un loco. Uno cuando compra piensa que los sonidos de la calle serán más leves en el segundo piso, pero con los años te das cuenta de que el segundo piso y estar sentado al lado del pianista es la misma mierda. Pero vos no te preocupés, para cuando vengas voy a comprar unas ventanas de doble vidrio que ya estuve averiguando y no se oye nada desde adentro. Hice buena plata de nuevo. Fue un día caluroso pero lindo.

Hoy no me pude levantar de la cama. Aunque no te parezca uno se pone débil con la edad. Tuve nauseas todo el día. No hice plata. Soñé con mi vieja a la hora de la siesta, no es que estuviera dormido pero mi vieja venía y me intentaba sacar de la cama. Me despertaba y me destapaba como cuando era chico. Yo le pedía cinco minutos más y ella aceptaba, como siempre. Después soñé que cinco tipos de traje me tocaban la puerta, creí que eran un conjunto. Cantores o algo así. Me querían mostrar, querían que yo opinara, que les dijera algo sobre ellos que ellos no sabían. No soy más aquel tipo, les dije yo. No se fueron. Eran buenos, igual, laburan bien, igual, yo los quiero, igual. Voy a escuchar, pensé. Qué increíbles son los sueños, cómo las cosas aparecen sin ningún motivo aparente, la gente entra a tu casa como si todo fuera de lo más normal. Cantaban los cuatro, la guitarra sonaba muy bien. Yo lloré. Vergonzosamente lloraba sin parar y me secaba las lágrimas para que no me vieran, pero el saco se me mojaba y las lágrimas se enrojecían. Pero estos cuatro trajeados lo único que hacían era cantar y les chupaba un huevo si yo lloraba, pataleaba o me arrancaba los pelos. Por suerte todas las pesadillas terminan. Esta terminó en una especie de cielo blanco con luces blancas que caían sobre mi cuerpo mientras oía una horrible música electrónica minimalista. 

En fin, espero que te llegue esta carta y espero que la leas una sola vez. Ojalá te hubiera conocido. Atenta y amorosamente. 

Fin. 


 
 
 

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